Pantera del tiempo. Tzántzicos en el camino*

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Por Raúl Arias

Recital irreverente

Conocí a los Tzántzicos un día de enero del 63 en el recital Contrapunto que presentaron en el auditorio de Filosofía de la Universidad Central. Fui al lugar y encontré la sala casi llena. Divisé pocas sillas libres, escogí una y crucé por el espacio entre dos filas rozando las piernas de la gente.   

En el escenario, frente a una gran mesa estaba el decano de Filosofía junto a otros invitados.

Desde el fondo de la sala ingresó uno de los Tzántzicos portando una silla sobre su cabeza que colocó en el piso, y subiéndose a ella explicó la intención que animaba a los poetas para presentar el Contrapunto.

Luego aparecieron: uno que vestía terno negro con rayas blancas, y prendida de su cuello una corbata de lazo muy grande; el otro llevaba pantalón y buzo negro. Representaba el primero “a la escuela decadente, morbosa y ridícula de los viejos autores, y el otro a los jóvenes poetas”, al decir de los cazadores de cabezas. Después supe que el primero era Ulises y el otro, Antonio. Con voz artificiosa, Ulises recitó una estrofa de Manuel Acuña:

ULISES:   Pues bien, yo necesito

 decirte que te quiero,

 decirte que te adoro

con todo el corazón.

Que es mucho lo que sufro,

 que es mucho lo que lloro

que ya no puedo tanto

y al grito en que te imploro

te imploro y te hablo en nombre

  de mi última ilusión.   

 Antonio, con voz potente y viril declamó un poema de Nicolás Guillén.

ANTONIO: ¡Aquí estamos!

La palabra nos viene húmeda de los bosques

y un sol enérgico nos amanece entre las venas.

  El puño es fuerte y tiene el remo.

En el ojo profundo duermen palmeras exorbitantes

y el grito se nos sale como una gota de agua virgen.

Traemos nuestros rasgos al perfil definitivo de América.

¡Eh, compañeros, aquí estamos!

Diario El Comercio publicó una reseña, en la que se resumía:

El grupo de jóvenes poetas Tzántzicos presentó una especie de crítica literaria y recital a la vez, enfrentando tesis de los poetas del pasado con tesis de autores modernos, a quienes a lo largo de todo el acto trataron de presentarlos como más duros, más realistas y con más hondas preocupaciones por los problemas sociales. Para finalizar su presentación, que como todas las que ofrecen al público, tuvo notas de originalidad, dieron a conocer poemas suyos interpretados por los propios autores.

Al día siguiente fui al Café Águila de Oro, y mientras bebía una coca cola y escuchaba música folclórica argentina llegaron algunos Tzántzicos, ocuparon una mesa y pidieron café para todos. Uno de ellos, al que identifiqué como Ulises, colocó sobre la mesa un montón de libros. Los otros eran Alfonso y Simón.  Sin pensar mucho, decidí presentarme para conocerlos.

-Buenas tardes. Ayer los vi en el recital; me gustó mucho el contrapunto. Les felicito.

Me invitaron a acompañarlos, me senté en una silla, y Alfonso me preguntó:

 – ¿Estudias en la universidad?

– Sí. Estoy en periodismo.

– ¿Escribes? ¿Cuento, poesía?

– Cuento y poesía.

– ¡Genial! – dijo Alfonso-. Tráenos tus trabajos. Pucuna quiere dar a conocer a escritores jóvenes. ¿Cuál es tu nombre?

– Raúl. Raúl Arias. 

Ulises extrajo del montón de libros una revista Pucuna y me la entregó.

-Gracias. Voy a leerla. 

Así conocí a los Tzántzicos, circunstancia que me hizo cambiar la forma de apreciar la literatura y la poesía. Con la revista en mis manos me informé quiénes eran estos amigos. El nombre de Tzántzicos me intrigaba.

*De Sur a sur Ediciones. 2026

fB

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