Irak: las cuentas que deja el imperialismo

Periódico Opción
4 Minutos de lectura

Por En Marcha

En marzo de 2003, las tropas estadounidenses, conjuntamente con las del Reino Unido, invadieron Irak prometiendo salvar al mundo de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Hoy se retiran de un país que jamás tuvo esos arsenales. Dejan cientos de miles de muertos, ciudades arrasadas, millones de desplazados y billones de dólares en ganancias para unos pocos.

Durante 2002 y 2003, Washington repitió en todos los medios que Bagdad fabricaba armas químicas, biológicas y hasta nucleares. Colin Powell, secretario de Estado, llevó la farsa al Consejo de Seguridad de la ONU. Años después, el propio Senado estadounidense admitió que aquello carecía de sustento.

Junto al pretexto de las armas se intentó construir la narrativa de que Estados Unidos y el Reino Unido habían ido a liberar al pueblo iraquí y a sembrar “democracia” en Medio Oriente.

Mientras Bush hablaba de libertad, en los despachos ya se repartía el petróleo. En noviembre de 2002, la transnacional KBR, entonces vinculada a Halliburton, recibió el encargo de planificar la restauración de la infraestructura petrolera. Se preparaban a la vez las bombas y el negocio.

La guerra empezó el 20 de marzo de 2003; seis días después, con Bagdad bajo fuego, aparecieron los contratos de reconstrucción. Combustible, alimentos, bases y logística se volvieron botín para Halliburton, Bechtel, Parsons, Fluor y otras corporaciones que hallaron en la devastación su mejor mercado.

Además del crudo, Irak significaba mercados, ubicación geoestratégica y la posibilidad de reordenar la correlación de fuerzas regional. Como advertían los documentos de la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista-Leninistas (CIPOML), era una guerra de rapiña en la disputa imperialista por materias primas, mercados y áreas de inversión.

La Autoridad Provisional de la Coalición, conformada por las fuerzas ocupantes, abrió el país al capital extranjero, cambió sus leyes, privatizó servicios y contrató masivamente a empresas foráneas. Los ingresos petroleros se concentraron en el Fondo de Desarrollo para Irak, bajo control del invasor. El país destruido pagaba con su propia riqueza la reconstrucción administrada por quienes lo destruyeron.

Auditorías estadounidenses hallaron despilfarro, sobreprecios, obras abandonadas y miles de millones de dólares cuestionados en un programa de unos 60 000 millones, mientras los contratistas engordaban sus balances.

Los grandes campos de petróleo y gas quedaron luego bajo contratos con BP, ExxonMobil, Shell, CNPC, ENI, Lukoil y otras transnacionales.

En 2011, Barack Obama anunció el retiro de las tropas como el fin de la guerra. Tres años después, el águila del norte regresó con un nuevo pretexto: el Estado Islámico.

Hoy vuelve a hablarse del fin de la presencia militar. Pero las exportaciones petroleras iraquíes siguen atadas a una cuenta del Banco Central de Irak en la Reserva Federal de Nueva York, palanca para presionar a Bagdad. Los soldados se van; los instrumentos de dominación se quedan. Paradójicamente, Washington fracasó en varios objetivos y terminó fortaleciendo la influencia regional de Irán.

El proyecto Costs of War, de la Universidad de Brown, estima en cientos de miles los muertos de las guerras en Irak y Siria desde 2003, con millones de desplazados. A ello se suman familias rotas, patrimonio saqueado y generaciones criadas entre ocupación y violencia sectaria. Veintitrés años después, Estados Unidos abandona sus últimas bases. No encontró las armas. No construyó la “democracia prometida”. No dejó paz. Dejó muertos, ruinas y contratos multimillonarios. Esas son las cuentas del

ETIQUETAS:
Comparte este artículo
No hay comentarios