La culpa es de Montalvo

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Antonio Ayoví Nazareno

El 2006, durante la Revolución Pingüina en Santiago, presencié una escena bizarra: entre el fuego cruzado de estudiantes y carabineros, uno de los segundos, arrodillado, se persignaba con un rosario. Aquella postal marcaba un hito: la juventud chilena sepultaba la apatía posdictadura. Combatían un modelo educativo mercantilista heredado del régimen de Augusto Pinochet que perpetuaba la segregación y el lucro. Este “terremoto” estudiantil sentó las bases de las movilizaciones del 2011 (al Sebastián Piñera definir la educación como bien de consumo) y del estallido social del 2019. Los conflictos prenden cuando el poder somete al mercado derechos esenciales.

Hoy, esta disputa se libra en un escenario universal más complejo. La precariedad laboral no solo proviene del desempleo estructural, sino también de la incursión de la inteligencia artificial (IA). La tecnología, controlada por grupos de poder, amenaza desplazar a las nuevas generaciones que exigen condiciones óptimas de estudio, obligándolas a desesperadas estrategias de supervivencia. Ante tanta asfixia, las calles globales estallan. La generación Z, criticada por su “desliz” therian, aliada con la clase obrera, exige mayor presupuesto educativo y menos gasto militar, emulando el Mayo francés del 68. De Europa a América Latina, la juventud resiste contra recortes neoliberales y otras medidas y actualiza la proclama de Juan Montalvo: “¡Desgraciado el pueblo donde los jóvenes son humildes con el tirano, donde los estudiantes no hacen temblar al mundo!”. Y la Lista Estudiantil gana las elecciones parlamentarias en Serbia. Los jóvenes brasileños asumen protagonismo físico y digital en el triunfo de Lula y la onda expansiva crece. Según el filósofo Byung-Chul Han, se educa no solo por resultados medibles, sino para desarrollar pensamiento crítico, reflexión y comprensión del mundo. La universidad vista como mercado devalúa la cultura.

En Francia y otros países europeos y asiáticos, la crisis encarece la vida. En nuestra región, recortes estatales agudizan el tejido social. En Ecuador, la falta de un Estado fuerte profundiza la violencia, el desempleo y la deserción escolar. Mientras el debate oficial se reduce a parches como tecnificación acelerada, oferta de becas o empleos paliativos, las deudas estructurales siguen intactas. Los calmantes no curan los servicios públicos esenciales “agónicos”. Además, en un país pluricultural urge repotenciar la etnoeducación y educación intercultural bilingüe para desmantelar el racismo institucional; esto requiere mayor inversión social.

¿Cómo podemos aspirar a un mejor horizonte entre miedos e inequidades? La proclama de Montalvo cobra vigencia cuando las brechas sociales niegan la paz y la supervivencia. Ante aquello, los ciudadanos combaten en las calles las fórmulas excluyentes. Ni la represión ni los discursos tecnócratas resuelven las crisis, sino las medidas efectivas en salud, educación, empleo, seguridad social y prevención ambiental, entre otras; de lo contrario,

la angustia popular, tarde o temprano, estremecerá los cimientos del poder.O

Fuente. El Universo

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