Por Vladimir Andocilla

Soy hombre, heterosexual. Mi educación, mis abuelas y las amistades, desde muy pequeño nos inculcaban la idea de la familia tradicional y del amor romántico y otros demonios. Soy de las generaciones en que el libro de orientación vocacional era “Juventud en éxtasis”, con eso les digo mucho. Con el tiempo fui criticando la sociedad y sus estructuras, asumí una concepción del mundo materialista y dialéctica. La práctica política y social hizo que conozca el esfuerzo que cientos de mujeres trabajadoras hacen para llevar un pan a su casa. Cuando participé en los reclamos de una organización sindical textil, vi el esfuerzo duro que esas mujeres proletarias tenían que desarrollar. Eran trabajadoras con turnos rotativos de 8 horas -la máquina de hilar no puede parar- luego de sus veladas debían llegar a su hogar a dar de desayunar a sus esposos e hijos, muchas de ellas eran golpeadas o acusadas infamemente de infieles. Antes de las reuniones de la directiva, conversaban entre ellas y compartían su sufrimiento y sus sueños.

En los barrios, las mujeres eran las más activas en la organización y la lucha, su forma de accionar era admirable. Muchas de ellas eran jóvenes, no tenían más de veinte años, pero tenían a su cargo dos o tres hijos. Buscaban de todas las formas llevar un ingreso adicional, su interés no eran ellas, su vida giraba en el servicio a sus esposos e hijos. Cuando hablaban de su juventud, lo hacían con añoranza, muchas de ellas no pudieron decidir su vida, sus familias les obligaron a casarse porque a temprana edad quedaron embarazadas. En las actividades barriales hicimos una dinámica y nos dimos cuenta de que el tiempo que dedicaban para ellas a la semana era menos de 30 minutos, se despertaban muy temprano y dormían muy tarde haciendo los quehaceres del hogar.

Relato algunas de estas experiencias, porque pese haber trabajado con muchas mujeres, haber compartido con ellas sus luchas y derrotas, no puedo hablar sobre sus sentimientos ni sufrimientos al ser violadas. Soy hombre, biológicamente no puedo quedar embarazado por una acción violenta como esta, ellas sí. Como persona de género masculino no tengo que llevar por 9 meses y sufrir los cambios biológicos que significa un embarazo, y menos aún si no es deseado.

El debate del aborto es una discusión que debe partir de premisas políticas y jurídicas. Desde finales del siglo XVIII, el concepto de dignidad ha venido estableciéndose como la base sustancial de los derechos humanos.  Kant en 1785, definiría a la dignidad como aquella que “obra de tal manera, que puedas usar la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de todo otro, siempre al mismo tiempo como fin, nunca meramente como medio”, es decir, mediante la dignidad los seres humanos podemos ser libres y no instrumento de otras.

Desde esta perspectiva, el obligar a una persona a llevar un embarazo no deseado y fruto de una violación sería instrumentalizar un ser humano para cumplir fines de procreación.

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