Por Gustavo Báez Tobar*

Zulema Obando Herrara, ilustre periodista de opinión y poetisa carchense, ha escrito tres hermosos poemarios: “Punto de quiebre”, y los inéditos, “Avernos en tu cielo” y “Avatares”; además, en preparación está “Palabras de fuego”. Pero ahora irrumpe en el género narrativo  con su primigenia novela intitulada “Yo pecadora”.

Con profundo respeto me acerco a su contenido y a su forma, para emitir mi modesto criterio ante un hermoso santuario de modernidad. Es una escritora que se ubica en el sitio real, y a los lectores nos invita a ello, también. Desde hace rato vivimos en la era de la internet, y por supuesto, “Yo pecadora” no es la excepción, está pues, de manera original en la “new egea”. Su obra consta de catorce capítulos numerados y una docena de sustanciosos diálogos, que van llevando al lector hacia mundos de fantasía y excitación, que es la esencia que caracteriza la obra: todo, movidos por ese condimento vital que motiva  y da razón de ser de los seres humanos: el amor.

No son los paisajes poéticamente descritos y pintados con maestría con lujo de colores y matices los que nos subyugan. No son los coloquios habituales y clásicos de nuestras muchas novelas leídas y releídas las que mantienen el interés de su nueva narrativa. Es su lenguaje rico y variado, con algunos necesarios neologismos,  dicho y expresado a través de la cibercomunicación; son interesantes diálogos o  profundos soliloquios que nos invitan al autoanálisis y reflexión.

El argumento no es complicado,  sigue la línea del tiempo o a veces retorna a los recuerdos de vívidas emociones. Victoria, la protagonista, es una brillante profesional en la medicina, que no sólo se ocupa de la práctica rigurosa de sus responsabilidades, sino que abriga en ella un supremo ideal de hacer de la medicina una tarea de servicio a los demás, principalmente a los desvalidos;  se da tiempo para todo: a cultivar sus amores furtivos en el aposento cerrado de una ciberpantalla y celular,  o  cumplir sus tareas extras como un valor agregado, esto es, al servicio del prójimo,  particularmente de los desvalidos o con capacidades especiales. De esto último, la protagonista ha hecho su religión, pensando, como Kalil Gibran: “Si quieres caminar hacia  Dios, acércate a los demás”.

Desde los tiempos de la sabia Grecia ya se venía especulando acerca de la esencia del ser humano, y se hablaba ya de la “materia extensa y de la materia espiritual” de la que estamos constituidos. Y en el transcurso de los siglos se ha venido cavilando sobre aquello. Porque es necesario profundizar en temas trascendentes, como aquel de ¿quiénes somos? para tratar de introducirnos en la obra de Zulema Obando.  Y se habla también de las teorías creacionista y la evolucionista. Ya en el siglo XVII  el holandés Spinoza nos habla de un Dios creador que no quedó fuera de la creación; por eso nos erigimos en grandiosa obra: la grandiosa obra de la naturaleza con sus plantas y animales, y por supuesto, el hombre, integrado por cuerpo y alma. Dios es inmenso e incomparable, absoluto, maravilloso, omnipotente, omnisapiente, omnipresente en la más ínfima integración de las células y átomos, y la grandiosidad infinita del Universo. Y nos hizo Dios seres pensantes para diferenciarnos de los demás seres vivientes, y nos dio libertad de acción con un cuerpo que siente y con un alma que nos da voluntad, carácter y sentimiento.

En el amor, cuerpo y alma se unimisman. Hombre y mujer nos complementamos. Y en el amor volvemos a ser uno solo, máxime si a la pareja le toca revivir la aurora de su sentimientos, que apenas se descubrieron y se deslumbraron,  pero la casualidad de que se juntaran en pareja  se dio  pasados  los años, cuando los dos eran maduros, y conservaran aún la semilla de su amor primigenio. Y vuelven a encontrarse, a aproximarse  uno y otro,  sin  importar la distancia. Dos seres que se quieren, se han amado siempre -se han deseado- descubren modernas citas que  vuelvan a juntar, su cuerpos y sus almas. Por algo es popular y muy sentido el dicho: “Te quiero con el alma”.

Así se retrata Victoria, la poetisa hembra, la novelista hembra que se confiesa pecadora, y que -por azar de la vida-  desiste de apoco separarse de su prenda, sin dejar por ello de quererse.

Pero saboreemos su brillante prosa en dos pequeños párrafos de su magnífica  creación,  que más sabe a poesía; como un abreboca para quien desee paladear su exquisita novela:

“Ojalá coincidamos en otros vuelos, en otros mundos, sin ligaduras, ojalá encontremos nuestro propio “Aleph”. Cruzar de un vagón a otro y reconocernos, abrazar nuestras potestades, rastrear los residuos de cada creación y quemarnos en la ardiente flama de este enigmático vínculo.

De pronto las mentes surgirán lejos de las materias, entonces nuestros espíritus se hallarán en la primera señal de conciencia, como entidades invisibles y navegaremos juntos y eternos en el infinito; no temas amor mío, siempre seremos, la ecuación perfecta del descuido de Dios”.

Se cumple así el enunciado de ese sabio filósofo Kierkeggard, que describe las tres fases por las que el hombre en su vida debe asumirlas consciente o inconsciente: la fase estética, la ética y la religiosa. Lo inteligente del hombre es no ubicarse tan solo en una, sino dar saltos de lo inferior a lo superior. Esto es, que la fase estética  implica que el hombre (o la mujer)  “vive el momento y busca en todo momento el placer. Lo que es bueno lo que es hermoso, bello o grato. En ese momento se vive totalmente el mundo de los sentidos”…”Pero hay también el típico romántico es por lo tanto el típico estético. Porque no se trata solo de placeres sensuales. También tiene una relación de juego con la realidad, o, por ejemplo, con el arte o la filosofía”… El mismo pensador nos explicita la fase “ética”, lo cual podríamos resumirlo en la diferenciación de lo bueno y lo malo, que a su vez tiene que ver con la cultura social y artística, y casi lo mismo puede decirse  de la tercera fase la “religiosa” que depende de nuestras creencias heredadas o las  experiencias y conocimientos adquiridos.

Pero lo importante del caso es la consideración del libre albedrío del hombre y su derecho a la felicidad, y ahí radica el quid del asunto. Quizá con ello cada individuo se forja y practica un estilo de vida, pero sin atentar contra los derechos de los demás. En ese filosofar transcurre la novela de Zulema Obando, con su protagonista Victoria, quien no  engaña al instinto, y para quien la palabra sexo no es una mala palabra, cuando se la conjuga con el verbo AMAR en todos los tiempos y modos, pero, la protagonista, se atreve a auto incriminarse como pecadora, públicamente, con la seguridad de conseguir el  perdón  generalizado y sacramentado, porque nadie se atreverá a: “lanzar la primera piedra”…, además,  porque la Literatura Universal ya se la perdonó en: Vivir para contarla y en El Amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, o,  en: Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, dos Premios Nobel de Literatura que honran a las Letras de nuestra Patria Grande.

¡Congratulaciones a Zulema Obando Herrera, amiga y compañera, hermanada en la hermosa tarea de escribir! Su futuro es promisorio, y el Parnaso ecuatoriano mucho espera de su innovador talento.

 *Miembro del Centro Cultural “Antonio Ante”

Junio, 2020.