Por César Paz-y-Miño *
El ADN humano es la memoria biológica de nuestra especie, un archivo molecular forjado durante millones de años. Cada célula contiene esa historia codificada, pero también es profundamente vulnerable. Puede romperse, oxidarse o alterarse. Las células cuentan con sistemas de reparación, pero cuando el daño es intenso o persistente, las mutaciones escapan al control celular y elevan el riesgo de cáncer, malformaciones congénitas, abortos, infertilidad y enfermedades degenerativas.
La genética ambiental estudia esta interacción entre el entorno y el genoma. Entre todos los procesos capaces de liberar agentes genotóxicos, uno destaca por su intensidad y rapidez: la guerra. Actualmente existen más de 150 conflictos armados activos en el mundo, con más de 50 guerras de alta intensidad, la cifra más alta desde mediados del siglo XX. Cada escenario bélico implica el uso masivo de explosivos, combustibles y materiales metálicos que terminan dispersándose en el ambiente.
Las municiones contienen compuestos explosivos como TNT, DNT, RDX y HMX. Tras las detonaciones, estos residuos persisten en suelos y sedimentos, alcanzando concentraciones de hasta 50 gramos por kilogramo de tierra. Entre el 95 y el 97 % de la munición convencional contiene plomo, cobre, zinc, antimonio y níquel. En terrenos militares, las concentraciones de plomo pueden superar los 10 000 mg por kilogramo de suelo. Estos metales permanecen décadas en el ambiente y se incorporan a las cadenas alimentarias, afectando a poblaciones enteras, mucho después de que los combates hayan cesado. Estudios recientes muestran que en zonas de conflicto, los niveles de plomo en sangre de niños duplican los límites seguros establecidos por la OMS.
Las explosiones e incendios liberan hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH), moléculas capaces de unirse al ADN y mutarlo, interfiriendo con la replicación genética. En poblaciones expuestas se ha observado aumento de 2 a 4 veces en la frecuencia de roturas del núcleo celular, del ADN y de los cromosomas. En uno de los últimos bombardeos a almacenamientos de combustible en Medio Oriente, se vieron afectadas más de 12 millones de personas, creando nubes migratorias de enfermedad y muerte, que se exten por cientos de kilómetros.
La destrucción de infraestructuras urbanas añade asbesto, cuyas fibras se asocian a cánceres de pleura y pulmón. En un solo conflicto urbano reciente, la destrucción de edificaciones generó 39 millones de toneladas de escombros contaminados. En contextos militares también se han dispersado materiales radiactivos. La radiación ionizante provoca roturas del ADN, uno de los daños genéticos más graves. Actualmente existen más de 2.000 detonaciones nucleares registradas en la historia, cuyos efectos persisten por décadas e incluso siglos, con consecuencias que se transmiten entre generaciones. Quizá no ocurra en uno de estos días la siguiente locura humana.
Las fuerzas militares generan cerca del 5,5 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, mientras que los conflictos actuales afectan a más de 2.000 millones de personas. Solo en tres años de una de las guerras recientes, se generaron 230 millones de toneladas de monóxido de carbono. El uso del “agente naranja” en el Sudeste Asiático afectó a más de 3 millones de personas, con secuelas médicas terribles, que incluyen malformaciones congénitas y un legado de contaminación por dioxinas de más de cinco décadas.
En suelos contaminados por actividades militares se han documentado efectos con duración superior a 50 años. En poblaciones expuestas se han observado incrementos del 30 al 200 % en daño cromosómico y aumentos del daño celular, reflejando señales tempranas de riesgo carcinogénico que alertan sobre el impacto sanitario a largo plazo. Los biomarcadores genéticos en estas poblaciones revelan una carga mutacional comparable a la de trabajadores industriales expuestos crónica e intensamente.
La historia de los conflictos modernos ha dejado una huella devastadora. En 1990, la guerra produjo 6 millones de barriles vertidos al mar y 600 pozos incendiados, que consumían 350.000 toneladas de crudo al día, creando el mayor desastre ambiental petrolero de la historia. En la actualidad, la guerra en Europa (2022-2026) ha provocado emisiones militares que superan los 150 millones de toneladas de CO₂, mientras que la crisis en Medio Oriente en 2026 ha registrado más de 300 incidentes de contaminación, involucrando 10 millones de barriles diarios. El uso de tanques y aviones de combate ha generado ya 74 millones de toneladas de CO₂ en estos años de conflictos, consolidando el ataque al petróleo, como una de las armas ambientales más recurrentes en el campo de batalla.
Aunque la guerra produce liberaciones abruptas, la industria moderna constituye la mayor fuente continua de compuestos genotóxicos. Procesos petroquímicos, metalúrgicos y energéticos liberan benceno, dioxinas y metales pesados. La OMS estima que la contaminación atmosférica provoca entre 7 y 9 millones de muertes prematuras cada año, asociadas a enfermedades donde interviene el daño genético acumulado, especialmente cáncer de pulmón, leucemias y tumores sólidos.
Existe una tercera fuente de presión mutacional: las actividades cotidianas. El transporte y la combustión doméstica liberan material particulado fino (PM2.5). Más del 90 % de la población mundial respira aire con niveles de contaminación superiores a los recomendados por la OMS. La exposición crónica se asocia con un aumento del 20 al 30 % en el daño oxidativo del ADN, provocando 3,8 millones de muertes anuales. Estudios recientes han detectado microplásticos en tejidos humanos, placenta y sangre, abriendo una nueva frontera de preocupación sobre sus efectos genotóxicos a largo plazo.
En conjunto, guerras, industria y actividades cotidianas generan una presión sin precedentes sobre la estabilidad genética humana. La guerra produce picos abruptos de contaminación, liberando en pocos días cantidades equivalentes a años de emisiones industriales, sin contar las muertes directas de civiles e infantes. Según el PNUMA, uno de cada tres conflictos armados actuales está vinculado a la explotación de recursos naturales, y el 40 % de los conflictos internos tienen un componente relacionado con petróleo, oro, metales preciosos y agua, evidenciando la codicia detrás de la destrucción ambiental y humana.
Desde la genética ambiental, el genoma humano, este archivo molecular de millones de años de evolución, vive hoy en un ambiente químico profundamente transfigurado. Las guerras introducen una carga mutagénica persistente por generaciones, afectando no solo a quienes viven el conflicto sino a sus congéneres. Según la OMS, el 92 % de las muertes relacionadas con la contaminación ocurren en países de ingresos bajos, con sistemas de salud frágiles y políticas preventivas escasas, profundizando las inequidades sanitarias globales y creando un círculo vicioso de pobreza y enfermedad.
Ante el desastre humano y ecológico de las guerras y la industrialización sin control, como genetista y médico evolucionista pienso que somos una especie evolutiva fracasada, que no hemos logrado solucionar los problemas humanos de hambre, salud, servicios, equidad, justicia y derechos de manera racional. Seguimos ensañándonos en luchas entre individuos de la misma especie el homo sapiens sapiens: ¿hombre que sabe que sabe?”
*Investigador en Genética y Genómica Médica, Universidad UTE, para NOTIMERCIO.
