Dra. Carola Cedillo/ Cuenca

La pandemia de COVID-19 vino acompañada de una ola de dudas e incertidumbre. Las hipótesis, discrepancias y suposiciones no fueron ajenas a la población infantil.  Niñas y niños fueron considerados como una población extraña a los efectos de SARS-CoV-2 debido a datos que sugerían menor probabilidad de casos graves en la niñez, hasta ser los principales impulsores de transmisión en el hogar (súper contagiadores asintomáticos) al considerarse que este virus podría comportarse como el virus de la Influenza (gripe). En medio de ello, la niñez y adolescencia fue tempranamente recluida, alejada del entorno escolar y hasta minimizada por parte de la sociedad y de la política pública. El cierre de escuelas y colegios fue una de las primeras medidas adoptadas. Más allá de los posibles errores que eran factibles ante el desconocimiento, a 2 años de la pandemia, en Ecuador continuamos considerando al cierre de escuelas como la medida más efectiva sin disminuir las actividades sociales no indispensables.

Lo que hoy en día conocemos sobre COVID-19 -un libro que se escribe mientras lo vivimos diariamente- es que la población infantil se contagia, algunos pueden enfermar gravemente; contagiar a otros, sin ser necesariamente la mayor fuente de infección. Resulta indispensable comprender que, ante un incremento exponencial de contagios en escolares y adolescentes, aumentan las hospitalizaciones, los casos graves, requerimiento de cuidados intensivos, lo síndromes inflamatorios multisistémicos (SIMS) y en algunos casos la mortalidad.

Pero, también conocemos que el cierre prolongado de las escuelas ha generado secuelas graves en la niñez en su desarrollo psico-social, emocional; problemáticas como el abandono escolar, la malnutrición, el sedentarismo y hasta la violencia intrafamiliar se han exacerbado durante el alejamiento de los niños de sus escuelas y además, se ha magnificado la exposición excesiva a las pantallas mientras se ha perdido el aprendizaje a través del juego y del contacto entre pares infantiles.

Ante esta disyuntiva, debe prevalecer que “las escuelas deben ser lo primero en abrirse, y lo ultimo en cerrarse”, sin que ello conlleve a que se permita que la población infantil y adolescente se contagie en forma masiva. Requerimos retornos escolares presenciales seguros. Y para hablar de ello no se pueden esperar a que las condiciones lleguen por sí solas, llevamos 2 años esperándolas, se debe generar un entorno seguro.

Ecuador ya tenía debilidades grandes en educación y salud. La problemática de déficit de infraestructura, número de docentes y escuelas que no tienen baterías sanitarias, se profundizaron aún más con la pandemia. Si la voluntad política para incrementar presupuesto hacia salud y educación no es una prioridad de Estado, no podremos esperar que esto cambie y que el retorno escolar sea universal y equitativo, en tal sentido se habrá promovido el elitismo en salud y educación.

Ojalá de ahora en adelante, la niñez y la educación sean priorizadas sobre los aspectos sociales y deportivos. El conocimiento ya lo tenemos: al bajar los contagios comunitarios disminuimos la probabilidad de contagios masivos en escuelas.  Los centros educativos deben contar con sistemas de ventilación adecuada, con acceso a agua y jabón, sin aglomeraciones en los espacios de transporte ni en los educativos, acceso a pruebas diagnósticas amigables con la población infantil. La vacunación es una herramienta fundamental, pero no la única. Esperamos con ansias devolverles a todos los niños, niñas y adolescentes calidad de vida, de aprendizaje y un futuro esperanzador.