Por Nigel Caspa*/ Bolivia

Sabíamos que algo tenía que pasar el 12 de octubre, ya es costumbre; pero creo que nadie se esperaba ver a la estatua de Isabel la Católica con manta y pollera de chola paceña. Al menos, yo no. Así, la performance cumplió totalmente su objetivo y me parece genial en sí misma y por las reacciones que generó en Bolivia y otros países. No ha sido una improvisación ni obra de una sola persona, por tanto el resultado es heterogéneo (bastante disperso) y a la vez potente. Por supuesto, no todos lo apreciaron así.

Las primeras reacciones en contra de Isabel, la chola globalizada, utilizaron el recurso histórico. Asi, todos recibimos lecciones magistrales sobre los orígenes hispánicos y coloniales de las vestimentas de la chola. No obstante, no repararon mucho en lo que ha significado el complejo proceso de apropiación cultural de estos ropajes. Tampoco se ahondó mucho sobre la historicidad del propio 12 de octubre. El problema de esto es que se limita la historia a la mera búsqueda del mito de origen. Para no extraviarnos, acordemos que aquella información puede ser útil, pero la performance de la chola Isabel no tiene aires de museo y así las voces autorizadas y sus menciones sobre la “imprecisión” o la “contradicción histórica” pierden sus fuerzas sumidas en un intento fallido de burla.

También han aparecido los defensores del ornato público. Entre ellos están aquellos que se han colocado un aura de civismo instantánea. Iván Reynaldo Laura, hace algunos meses nos decía que “de nada sirve fetichizar determinadas fechas, museos, y monumentos si eso no sirve para construir sociedades más justas y humanas” [1]. En esa línea, los ansiosos ataques hacia el movimiento feminista por su “salvaje e ignorante irrespeto a los monumentos» están reduciendo nuestras posibilidades de reflexión y critica. El noticiero de mediodía transmítía el informe de los funcionarios de la Alcaldía, quienes advertían que estas prácticas no son una novedad y que más del 90% de las estatuas de la ciudad están «vandalizadas», sobre todo por el grabado de los corazones de los enamorados. Lo que quiero decir es que el argumento ornamental es débil, oportunista, instantáneo, y termina redundando en un modelo binario de buenos contra malos, agravado por el pesado ambiente electoral. En este punto, determinar quién (o quiénes) tiene más derecho sobre los “sagrados” monumentos es menos importante que preguntarnos ¿quiénes han decidido qué figuras ocupan las plazas y parques, y qué los exonera de crítica o revisión a través del tiempo? Si no cuestionamos estos procesos nos estaríamos privando de llegar a aquella ansiada meta de construir una mejor sociedad.

Por su parte, los artistas han estado divididos entre defender la estatua y el intento de calificar la performance. En cambio, y al menos por ahora, los patrimonialistas guardan un significativo silencio. En fin, las amistades valen más y cada uno lidia a su manera con los sentimientos encontrados. El contexto no es fácil, sabemos que no ha sido un buen año para las estatuas en el mundo y sería un error no pensar el asunto en aquella dimensión. Reducir el tema a la disputa de colectivos o partidos políticos locales o nacionales resultaría en un análisis endogámico y demasiado caprichoso.

En este punto, antes que autolimitarme a discutir el dato sobre el “verdadero” origen de la manta y la pollera de la chola, o contar cómo nos «regalaron» la estatua de Isabel, propongo repasar algunos significados que ha tenido el 12 de octubre en el último siglo.

El significado que otorgamos al 12 de octubre en Bolivia ha cambiado contantemente, como lo evidencia uno de los pocos estudios sobre el tema en Bolivia [2]. Por Ley (10.10.1914) fue una fecha de “homenaje al aniversario del descubrimiento de América […] conmemorado y celebrado por los establecimientos de enseñanza y asociaciones geográficas de carácter oficial de la república”. Luego de la guerra del Chaco y el coqueteo de los gobiernos nacionales con el franquismo adquirió el sentido del día de saludo a la “madre patria” y celebración del “día de la raza”. Para la segunda mitad del siglo XX se convirtió en un día de magnos eventos en las Casa de España y una búsqueda por rastrear los aportes civilizatorios de España en la lucha del “progreso” contra la “ignorancia”. En efecto, el discurso de la hispanidad fue pontenciado. En el periodo de dictaduras, con una alta dosis de religiosidad, la fecha llegó a ser el día para hablar del “milagro del descubrimiento”, equiparable con la llegada del hombre a la luna.

En la década de 1980, se resaltó el discurso del mestizaje y se proyectaron las conmemoraciones rumbo a los 500 años en los países hispanoamericanos. Surgió la disyuntiva entre hablar del Encuentro de Dos Mundos o la Invasión, el Desencuentro, el Genocidio, entre otros. Fue el escenario para la reflexión de criollos y de sectores indios urbanos y rurales. De tal modo, las solemnes horas cívicas fueron suplidas por espacios de debate y las conmemoraciones opacadas por las movilizaciones indígenas en casi todo el país. Hubo, como es recurrente, el murmuro del Cerco a La Paz. El 12 de octubre de 1992, como dice Marina Ari, fue “el día de rebelión anunciada” que terminó adormecida sobre las piedras de la Plaza San Francisco de La Paz.

El 12 de octubre de 1992 parece haber afianzado aquella costumbre de saber que ese día algo tiene que pasar. Se ha dejado muy atrás el carácter de simple “fecha homenaje”; sin embargo, su potencial de uso político y cultural es demasiado relevante como para tomárselo en broma o reducirlo a un binarismo, e incluso a un juicio moral, cívico o legal.

Isabel, la chola globalizada de Sopocachi en pandemia, no está sola. A un par de kilómetros, Colón fue pintado color sangre, acompañado de gráficos que expresan su centenario tufo de muerte. En México, han decidido retirar la estatua de Colón para su “mantenimiento”. Una alternativa inteligente y a la vez doblemente encubridora [3]. En Ecuador, movimientos políticos indígenas fueron desmovilizados cuando las sogas se aprestaban a derribar la Isabel quiteña. La policía, entonces, rememoró gustosa con gases y represión el aniversario del Paro Nacional de octubre de 2019 [4].

La fecha 12 de octubre se resignifica cada año. Expresiones como la de ayer en La Paz no están sumidas en un bucle de caprichos de grupos feministas, indianistas, indigenistas u otros. En reacción, las identidades entran en un conflicto y el civismo nos marea (parece Ch’aki). No está por demás preguntarse qué deberíamos entender por civismo. Mucho más a la luz de lo que ha pasado en el último año en Bolivia y el mundo. Las narrativas nacionales predominantemente masculinas han confrontado históricamente serios problemas en sus objetivos homogeneizantes. El derrumbe de estatuas de «grandes hombres» se nos hizo común en el último tiempo. Que hoy hablemos más de la chola globalizada Isabel que del triste Colón entintado de El Prado paceño, nos ha sacado de aquella sintonía y vemos un traslado y complejización del debate. Esto explica en parte la singular incomodidad ocasionada ayer.

Aquellos que interpretan que lo de ayer no cambia nada, deberían revisar primero las experiencias pasadas del 12 de octubre y puede que se convenzan de lo contrario. Quienes vistieron a Isabel en 2020, no piensan igual que los personas que marcharon hacia La Paz en 1992. Las agendas son diferentes, pero parecen compartir parcialmente algunas premisas de reivindicación y denuncia a las estructuras coloniales. Los niños disciplinados que declamaban su amor a la madre patria el pasado siglo, no son los mismos niños que hoy dudan de aquella maternidad o simplemente no se han enterado de esta. Todo esto no descarta la mojigata existencia de “juventudes hispanistas”, conservadoras, anti-indianistas, anti-indigenistas, anti-comunistas (y, por su declaraciones, anti-bolivianistas), que ayer vivavan por los extintos reyes católicos y la reunificación de Charcas con el reino de España a los pies de la chola globalizada. Las ideas que tenemos sobre el mundo cambian y las sociedad también. Por su parte, los historiadores no deberían estar preocupados por la amenaza que representa “reescribir la historia” [5].

En suma, las crisis de identidad nacional e identidad plurinacional se agudizan cada 12 de octubre. Las manifestiaciones en esta fecha, como hemos visto, evidencian cambios producidos a diferentes ritmos. Entonces, si nuestra idea es mejorar nuestra sociedad, evadir hablar sobre estos temas y callarnos para ser premiados con el título de “buenos ciudadanos” enfrentados a los “ignorantes” no debería ser nuestra mejor alternativa. La performance de ayer ha sido un recurso exitoso para activar espacios de diálogo y el mérito recae en el activismo feminista y anarquista de Mujeres Creando. Hace 28 años el debate fue instalado mediante la organización y movilización indígena a nivel continental. En los próximos años pueden existir otras propuestas que utilicen diferentes recursos. El tema está siempre en la mesa, no tiene dueño, no tiene fecha de expiración, y es crucial no evitarlo o simplificarlo.

*Nigel Caspa, historiador.

Foto : Estatua de la reina Isabel, vestida de chola paceña, La Paz Bolivia

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