Por Jaime Chuchuca Serrano

Es frecuente que se empiece analizando a un régimen gubernamental, respecto de otros, por rupturas definitivas. Sin embargo, en la maquinaria burocrático-militar estatal se sucede un conjunto de juegos camaleónicos, difícil de ser evidenciado sin un conocimiento profundo de los hilos personales del poder. El nombramiento de funcionarios en puestos de alto calibre que ya trabajaban en gobiernos anteriores, como los de Moreno y Correa o anteriores, adapta un conjunto líneas políticas e ideológicas.  Aunque en el discurso se diga que hay un cambio de rumbo, la conformación de esta burocracia jerárquica marca el continuismo de la política de los últimos años: una escalada del neoliberalismo y las redes del fraude y la corrupción. Históricamente el Estado fue construido para la conservación del orden social existente, así que no son novedad estos sedimentos en las estructuras institucionales. De ahí la constante historia de favores políticos y el tráfico de influencias.

En los gobiernos de Correa y Moreno, antes de su escisión, se decía que se estaban preparando 34 mil cuadros de las filas de Alianza País para la dirección del Estado. Estos miembros accedieron a formación, becas y posiciones de poder nacionales e internacionales. Al comprender esta estructura estatal y pretender que hay una reestructuración total por el cambio de un presidente es cerrar los ojos ante la realidad política forjada por años. El correísmo que se daba de “manos limpias” recicló viejos burócratas neoliberales y autoritarios. Si bien en ciertos márgenes la burocracia creada tiene más experiencia sobre el funcionamiento de lo público, también esta estructura se encuentra vinculada a los carteles de la corrupción y marcada por la negligencia gubernamental, maquillada con frases descoloridas como las del ex ministro de salud Zevallos: “se manejó de modo ejemplar la pandemia”.

Los privilegios producidos por el Estado y la estructura gubernamental generan desigualdades y jerarquías. En la estructura burocrática se encuentran las características terratenientes, plutocráticas, oligárquicas y burguesas. El poder que se acumula en torno a estas fuerzas y se transmite a familiares, amigos y la descendencia. En este gran tejido clientelar ingresa la composición parental del sector privado, que dependiendo del gobierno se activa en defensa u oposición. Los grandes ausentes casi siempre son las organizaciones populares, sociales y el pueblo común y corriente que no tiene las sagradas palancas.