Por Jorge Cabrera
Este 8 de abril no conmemoramos la caída de un hombre, sino el nacimiento de un incendio que se niega a extinguirse. Hace más de siglo y medio, el plomo de la tiranía garciana intentó silenciar el corazón de Fernando Daquilema, pero la tierra de Cacha, en lugar de tragar su sangre, la transformó en semilla de libertad. Hoy, cuando el sol golpea los Andes, no recordamos una derrota, sino el instante sagrado en que la rebeldía se sembró en el corazon de nuestro pueblo para siempre.
Ese eco indomable no viaja solo. Daquilema es el río donde convergen las aguas bravas de nuestra identidad. En su nombre invocamos el genio libertario de Eugenio Espejo, la furia estratega de Rumiñahui, la majestad traicionada de Atahualpa, y el fuego indómito de nuestras libertadoras: Manuela León, que fue tempestad en el levantamiento, y Manuela Espejo, pluma y coraje en la oscuridad colonial.
Esa posta de fuego la recibieron las manos de Tránsito Amaguaña y Dolores Cacuango, quienes tejieron con hilos de rebeldía el poncho de la justicia. Es la misma llama que encendió el pecho de Jaime Hurtado González, el león negro que nos enseñó que la política es un combate por la vida; la audacia de Milton Reyes, la entrega de Jorge Tinoco y la ternura combatiente de Rosita Paredes, mártires que no están bajo tierra, sino sembrados en la tierra fertil de la rebeldia popular.
Si Daquilema caminara hoy por las calles de este Ecuador herido, si volviera a levantar su voz contra la injusticia, no encontraría en el poder un rostro diferente al que lo fusiló en 1872. Los verdugos de hoy han cambiado el frac por el traje de etiqueta y el apellido Garcia, por los Noboa, Reinberg o Loffredo, pero la esencia del desprecio es la misma. Son los herederos de la «Constitución Negra», aquellos que ven en el derecho del pueblo un estorbo para su festín privado y en la organización popular un enemigo al que hay que cazar, encarcelar y proscribir.
Resulta dantesco y doloroso observar cómo, desde las entrañas del mismo movimiento que Daquilema forjó con su sacrificio, emergen figuras que han decidido cambiar el poncho por la alfombra. Diana Atamaint, en un acto de traición histórica que estremece los huesos de nuestros mártires, se ha convertido en la amanuense de Carondelet. Desde el CNE, ella y su séquito de aduladores operan con la precisión de un cirujano corrupto, utilizando argurios y leguleyadas para intentar frenar el crecimiento l de la lucha y el combate popular y en esa linea pretenden, como escarmiento, cercenar la legalidad de la Unidad Popular (Lista 2). Buscan eliminar a la oposición que no se rinde, a la izquierda que no se vende, a los herederos de la lucha campesina, obrera y estudiantil.
La persecución politica contra la Lista 2 no es más que el miedo del régimen a la marea humana de 206 mil voluntades. Es el pánico de una dictadura disfrazada de democracia ante la unidad de quienes no doblan la rodilla. Noboa pretende un país de silencios, un Ecuador donde la única voz que resuene sea el eco de sus caprichos; pero olvida que el ejemplo de Daquilema nos enseñó que, ante la injusticia, el deber es la insurgencia.
Hoy, 8 de abril, el grito de «Manapi» (Nada) de Daquilema frente al patíbulo vuelve a retumbar. No pedimos nada a los opresores, porque lo tomaremos todo con la unidad. Hacemos un llamado vibrante a los sectores más amplios y democráticos, a los maestros, a los indígenas dignos, a los trabajadores y a la juventud rebelde: es hora de cerrar filas. Que la memoria del «Rey de Cacha» sea el combustible para detener los intentos dictatoriales del oficialismo.
No podrán enterrar los sueños de un pueblo que ha decidido caminar firme hacia su segunda y definitiva independencia. ¡Porque si Daquilema vive, la Unidad Popular lucha y el pueblo vence!
8 de abril del 2026
