Por Jaime Chuchuca Serrano

Mientras baja el número de muertos por la pandemia, sube el número de asesinatos por las reyertas delincuenciales y de narcotráfico.  Salvo los conflictos limítrofes, Ecuador se consideró históricamente una región de menor virulencia armada que Colombia y Perú, asoladas por guerras civiles internas, las guerrillas del XIX, XX y XXI, el paramilitarismo y el narcotráfico desde los años cincuenta. La historia del narcotráfico armado se cuenta por decenas de miles de asesinatos. Sin embargo, las muertes por narcotráfico en Ecuador empezaron a incrementar apenas desde 2010 en adelante. Y por supuesto que 2021 fue el año con mayor número de muertes violentas, más de 300 en las cárceles y más de un millar en barrios periféricos, sobre todo en la provincia del Guayas.

Al igual que en Colombia y Perú, en Ecuador los lugares geográficos del conflicto de la droga se asientan en territorios donde el régimen de la plantación de monocultivo tuvo éxito, en zonas en que se mantuvo la hacienda modernizada. Pero que también entró en contradicción con un gran crecimiento poblacional que no pudo y no puede ser absorbido por el escaso desarrollo industrial. El autoritarismo de la tierra en pocas manos, está rodeado de pobreza generalizada, tanto por falta de trabajo como por trabajos ruinosos, cercanos a la esclavitud. Las redes delictivas del narcotráfico, prostitución, latrocinio, contrabando, coyoterismo se nutren de esta miseria. En los suburbios cada vez es más difícil vivir. Miles de familias y niños sin casa son arrojadas al fango y covachas. Un lugar sin educación, recreación, cultura, deporte, agua potable, comida, lugares para descansar, difícilmente es habitable. En estos lugares se construyen las raíces del narcotráfico y la delincuencia, acá se preparan a los sicarios y gatilleros, a la carne de cañón que desborda las cárceles.

Es una sorpresa que algunos medios sostengan -como La Posta- que lo que se vive en las cárceles es una simple disputa por “liderazgos delictivos” después de la muerte de José Luis Zambrano alias “rasquiña”, para contradecir a la tesis de la policía sobre una pelea de carteles de la droga: Sinaloa vs. Nueva Generación. La primera posición deja de lado el conflicto del narcotráfico y la segunda extranjeriza el conflicto. Sin embargo, la narcoproducción y el narcotráfico, así como sus derivados delictivos, son de raíz ecuatoriana. Las ganancias que surgen de la droga circulan libremente en el sistema financiero, inmobiliario y comercial ecuatoriano; ¿dónde más se pueden conseguir armas 9mm, fusiles, granadas, bazucas?, ¿cómo pueden salir en libertad tan pronto los sujetos vinculados al narcotráfico y los patrones no ser apresados?, ¿Cuánto inciden en la función judicial?

El narcotráfico tiene una estructura transnacional donde los carteles colombianos y mexicanos tienen preeminencia, pero no por eso se puede soslayar la estructura ecuatoriana del narcotráfico, culpable directa de las matanzas. La guerra por la cocaína terminó en parte con la teoría liberal de la retribución ética y jurídica de la pena. En esta teoría, se supone que con la pena el Estado devuelve el orden social y retribuye a la víctima del delito, con una estrategia de prevención de intimidación e integración social del reo. No obstante, el narco convierte la retribución ética y jurídica, en malicia y territorio sin ley; el orden social carcelario, en caos; y la estrategia de prevención, en intimidación social total. La guerra de la cocaína remueve la filosofía misma.