Por Edgar Isch L.

«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».  Antonio Gramsci.

Introducción

El uso de términos bélicos para describir la pandemia ha sido una característica comunicacional sin poca importancia. Estamos en guerra, se dijo por todos los medios, se habló del enemigo invisible y se propuso medidas autoritarias que acompañaron al discurso médico: estados de emergencia, toques de queda, militarización de las calles, fueron parte de ellos. Lo más serio, fue comparar a quienes llevaban adelante las medidas de cuidado como soldados de la primera línea de combate en esta guerra, ratificando la visión que sólo de allí pueden salir los héroes.

La metáfora bélica era simple, pero a la vez peligrosa por convincente. Y al mismo tiempo se resaltaban las guerras comerciales, la guerra contra la migración sin papeles o el pedido del alto al fuego de procesos bélicos que, en general no pararon o se disimularon, como en el caso de los asesinatos diarios de dirigentes populares y de excombatientes en Colombia.

Efectivamente, el “Nuevo Orden Internacional” pacífico que anunciaron tras la caída del Muro de Berlín, nunca se acercó a ser real. La guerra no solo se mostró como la “política por otros medios”, sino como parte de la esencia del capitalismo. Lo que ha sucedido desde entonces no ha sido más que la multiplicación de conflictos que tienen como núcleo el ansia de acumular más y más rápido, arrancando los recursos vitales a las mayorías. La pandemia lo ha ratificado con todos los negocios y corrupción en torno a la salud pública, con transnacionales y grupos menores enfrentados entre sí, mientras el negocio de las armas y el narcotráfico continuaron boyantes.

En este contexto, hablar de las guerras que vendrán, sean armadas o económicas, no tienen nada de exagerado. Se trata de asumir el escenario potencialmente más factible, de alertarnos y llamarnos a la acción para que aquello tenga otro rumbo.

Una crisis agudizada por la pandemia

Se puede decir, simple y llanamente, que el capitalismo está en una crisis multilateral, que recuerda graves crisis anteriores, incluyendo la de 2008. Los amos del mundo lo sabían muy bien y, a través de distintos medios, anunciaban una recesión más fuerte y duradera.

Por ejemplo, en el Manifiesto emitido por el Foro De Davos de diciembre de 2019, plantean una nueva visión de las empresas y el capitalismo, para hacerlo más “colectivo”, menos brutal en la opresión de los trabajadores y la destrucción de la naturaleza. Klaus Schwab, el fundador del Foro Económico Mundial, se distanciaría de uno de los padres del neoliberalismo, Milton Friedman, señalando que él ya no cree que “el único negocio de las empresas es hacer negocios”, sino que deben adquirir responsabilidades sociales. Sobre el momento, dijo: “Después de la crisis financiera de 2008 entramos en una crisis económica. Ahora estamos ante una crisis social que puede dar pie a una crisis intergeneracional”[i].

El ex-economista en jefe del Fondo Monetario Internacional, Raghuram Rajan, por su parte expresó que el capitalismo está «bajo una seria amenaza» porque «ha dejado de proveer para las masas» y que, «cuando eso sucede, las masas se rebelan contra el capitalismo». Entonces, según este economista, se trata de corregir urgentemente los “defectos” del capitalismo[ii].

Con anterioridad a la pandemia ya venía cayendo el ritmo de crecimiento de la producción mundial; las bolsas de valores mostraban el crecimiento de la burbuja financiera sin respaldo productivo; la deuda externa a nivel mundial superó el 300% al Producto Bruto (según Bloomberg, China, aunque motor económico del mundo, entre 2010 y 2018 aumentó su deuda en 600% llegando al 310% del PIB); la sobreproducción era evidente en múltiples estadísticas; y, se cumplía la Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia, descubierta por Carlos Marx.

La crisis sistémica además afecta a todos los aspectos de la vida social, natural e individual. Este carácter multilateral de la crisis no solo es expresión de su profundidad y de lo difícil que es salir de ella aplicando apenas medidas financieras repetidas de crisis anteriores, sino que demuestra que la civilización capitalista no puede reformarse, que se requiere ir a una sociedad nueva. O se cambia el conjunto del sistema o no se cambia nada, en un momento que, hay que repetirlo, se ratifica que la disyuntiva es entre “socialismo o barbarie”.

En estas condiciones se presentó la epidemia. El obligatorio cierre de muchas empresas, comercios, oficinas administrativas y de transporte en buena parte del mundo, fue repentino y solo parcialmente inimaginable. Como es sabido, ya se hacían proyecciones de cómo enfrentar una pandemia y, en octubre de 2019, el Foro Económico Mundial, la Fundación de Bill Gates y otras entidades realizaron el “Event 201”, un simulacro de respuesta a “pandemias graves” con la finalidad de “que las economías y las sociedades se mantengan activas durante un brote intercontinental grave y de rápida transmisión”. Contradictoriamente, en los últimos años el neoliberalismo conducía el debilitamiento de los sistemas públicos de salud, afectando la posibilidad de reacción ante un brote de nuevos virus.

Entonces, no todas las respuestas fueron imprevistas ni la sorpresa anuló la capacidad de reacción de los centros de poder. De hecho, el gobierno de Trump se expresó en un primer momento interesado en los efectos del COVID-19, señalando que obligaría a sus empresas a salir de China y que así habría una caída de la importancia comercial mundial de ese país. Sin embrago, muchos hilos de manipulación se rompieron y no todo se podía prever y menos controlar, por lo que la agudización de la crisis ha sido evidente a escala planetaria.

Los pueblos y clases trabajadoras, encerrados en cuarentena, presentaron etapas en su reacción. Lo esencial ha sido contraponer los negocios de las grandes empresas con la defensa de la vida y la búsqueda de formas de contacto, análisis colectivo, expresión conjunta.

Los escenarios post pandemia y los cambios en la globalización

Nada de lo que pueda venir, siendo tan difícil realizar hoy pronósticos detallados o precisos, llegará sin que a las clases dominantes les mueva resolver la crisis recuperando su tasa de ganancia, cuya caída, para el economista Michael Roberts, afecta la capacidad del capital de reproducirse: “El capitalismo no está cumpliendo con su única pretensión de fama: expandir las fuerzas productivas… Paralelamente, la desigualdad de riqueza e ingresos en las principales economías se está ampliando, los niveles de pobreza y la brecha entre países y personas ricos y pobres se está ampliando.  Y la naturaleza y el clima están gravemente dañados”[iii].

Otro factor previsible es que nada se dará sin profundizar y crear nuevas contradicciones de diversa naturaleza, cambiando la geopolítica y las capacidades de dominar en la respectiva área de influencia de cada imperialismo. La hegemonía de Estados Unidos, que fue por algunos identificada con un mundo unipolar por cuanto los otros polos imperialistas se mostraban muy débiles ante los aparatos económico y militar de la gran potencia, está en declive.

La Estrategia de Defensa Nacional (SDN) de 2018, emitida en el gobierno de Trump, deja en claro el peligro que representa para el dominio estadounidense, en primer lugar, China y, en segundo lugar, las alianzas entre China y Rusia. Llegan a afirmar que: “La rivalidad interestatal, no el terrorismo, es ahora nuestra preocupación principal en cuanto a la seguridad nacional de EEUU”, planteando que se les debe dar el trato de enemigos y de peligros para “una disminución de la influencia global de EEUU, el debilitamiento de la cohesión entre los aliados y socios, y una reducción del acceso a los mercados que contribuirá al declive de nuestra prosperidad y niveles de vida”[iv].

Y los “aliados” dejan la seguridad de ocupar ese lugar, seguramente aprendiendo de la propia máxima de la política exterior de los Estados Unidos que señala que “no hay amigos sino intereses”. Alemania y Francia han expuesto contradicciones con la potencia norteamericana; Turquía, juega entre acuerdos con Rusia y con Estados Unidos, mientras se opone a la política de estos últimos sobre los kurdos de Siria; Arabia Saudí, al no llegar a un acuerdo con Rusia o haberlo construido bajo la mesa, provocaron la caída del barril de petróleo incluso por debajo de cero (se pagaba para que se lleven el crudo), afectando hasta la quiebra a las empresas petroleras norteamericanas, especialmente de esquisto bituminoso; Alemania, en contra de la opinión de Trump, recibirá hidrocarburos rusos mediante un gran oleoducto; otros aliados a Washington, incluyendo países europeos como Italia, se comprometen con la nueva ruta de la seda de China; en América Latina, sus serviles como Bolsonaro, Moreno, Duque o Guaidó ven debilitarse su apoyo popular y no pueden realizar todo lo que el amo ordena. A la vez, los empréstitos chinos y sus empresas ganan posiciones en los principales enclaves de América Latina.

El mapa del mundo cambia, pero ello no significa que se dé por terminada la globalización, sino que se debilite la política del libre comercio. La globalización no es solo libre comercio ni posibilidades tecnológicas de comunicación instantánea. Los mercados egipcio, chino, romano o azteca, hace varios siglos, ya eran prueba del intercambio comercial en toda la tierra que era para esos imperios el mundo conocido, pero no fue sino un resultado del dominio imperial de aquellos períodos.

La globalización o mundialización presenta un rasgo histórico fuertemente diferenciador, que es al que debemos poner atención. Se trata del primer momento en la historia de la humanidad en la que un modo de producción, el capitalista, está presente y domina la producción en todas las latitudes. Lo que queda de otros modos de producción no es sino marginal en la economía mundial y en sus determinaciones sobre la vida de la naturaleza y los seres humanos. Es el resultado de la cada vez mayor internacionalización del capital, explicada por Marx y que es factor también para entender la fase imperialista del capitalismo.

Es conocido que Ulises Grant, presidente de USA durante 1868 y 1876, declaró que “dentro de 200 años, cuando América haya obtenido del proteccionismo todo lo que pueda ofrecer, también adoptará el libre comercio». Ello demuestra que proteccionismo (hoy muchas veces envuelto en posiciones nacionalistas fascistizantes) o proteccionismo de la producción propia, pueden ser herramientas intercambiables de acuerdo a las necesidades internacionales de dominación. Comprensible, por tanto, que mientras Trump recurre a medidas proteccionistas, China responda del mismo modo pero que, en lo fundamental, sea hoy promotora del libre comercio, necesario para exportar la sobre producción de sus empresas.

Estas políticas económicas no son amenaza al dominio del capitalismo a escala mundial, por lo que no amenazan a la globalización. Sin embargo, sí provocan cambios geopolíticos y cada vez que el imperialismo norteamericano siente perder dominio, se vuelve más agresivo y más descarado. Pero su proteccionismo no sería tampoco tan fuerte como se propagandiza. El más utilizado Índice de Libertad Económica, que elabora la Fundación Heritage, ubica al gobierno Trump en 2018 con una subida de 0,6 puntos en comparación con el último año de gobierno de Barack Obama. Esto porque el proteccionismo hacia fuera se conjuga mayores desregulaciones hacia dentro, incluyendo algunas que afectan la propiedad territorial de los indígenas y a la protección de parques nacionales y el ambiente urbano.[v]

El conjunto de expresiones de la crisis lleva al analista Thierry Meyssan[vi] a considerar que en Estados Unidos están en una histórica disputa posiciones que privilegian el dominio militar del mundo y otras que privilegian el dominio por vía económica y comercial. Aún siendo así, cuando más correcto es entender que hay distintos intereses de los diferentes grupos monopólicos que están en pugna y que usaran las armas comerciales y militares según su necesidad, en ningún caso se trata de afectar la globalización, tal y como la hemos descrito.

Habrá cambios en el dominio geopolítico y en la globalización, pero ni serán producto automático de la pandemia ni frenarán el anuncio de las nuevas guerras que vendrán, a las que nos referiremos más adelante.

¿Y el neoliberalismo?

La globalización, tal y como la conocemos, fue posible gracias a la caída de la URSS como otra superpotencia, dejando esa posición solo a Estados Unidos. El momento fue el mismo en el cual el neoliberalismo tenía toda la fuerza y orientaba la economía del mundo. Por tanto, es justo decir que se trata de una globalización neoliberal. Esta, que fue una doctrina económica, primero, pasó a ser una modelo integral de desarrollo orientando cualquier aspecto de la vida social.

Las tesis neoliberales, fortalecidas por el posmodernismo y el uso de los medios de comunicación, se infiltraron con fuerza en todas las culturas y clases sociales estableciendo un “pensamiento único” global. Saramago aclararía que más bien era un “pensamiento cero”, ya que no era necesario pensar, sino repetir lo dicho por los centros de poder desde Hollywood, el Pentágono, CNN o fuentes similares. Por supuesto, el “pensamiento cero” nunca fue total y las expresiones alternativas siempre han estado presentes, a momentos débiles y otros momentos más fuertes, acompañando levantamientos populares que han sido múltiples a lo largo de este siglo en todo el mundo.

Las tesis neoliberales tuvieron éxito en lo fundamental: revertir la caída de la tasa de ganancia de los años 70 y garantizar el máximo de acumulación de la riqueza en pocas manos. OXFAM, con datos que no han sido cuestionados, confirma el éxito de los neoliberales: 2.153 millonarios tienen más dinero que 4.600 millones de personas en el mundo; el trabajo doméstico no pagado pero que reproduce la fuerza de trabajo que los patrones requieren, impide al 42% de mujeres tener un empleo remunerado, pero produce más de 10.800 mil millones de contribución a la economía (tres veces más que el sector de tecnologías). La receta del Consenso de Washington, como paquete básico de medidas neoliberales, se ha aplicado logrando los objetivos de sus promotores.

Ciertamente el neoliberalismo está cuestionado más que nunca, en medida que la pandemia hizo más visibles las desigualdades sociales. El “consenso de Washington”, sin embargo, no ha muerto y hay países, como Ecuador, donde se lo quiere aplicar a costa de la vida de las mayorías. Privatizaciones de empresas públicas incluyendo la refinería o dejando al país sin una empresa pública de correos, mayor flexibilización laboral y de los despidos, debilitamiento de lo social y fortalecimiento de la represión, reducción salarial, eliminación de subsidio de las gasolinas, exoneraciones y créditos para los empresarios, negociación del TLC con Estrados Unidos, son parte de las medidas del gobierno de Moreno que alegran a los millonarios y angustian a millones.

En otros países, se ha girado a ver la posibilidad de un retorno de parte de las medidas keynesianas que impidan las revueltas sociales que puedan poner en cuestionamiento el futuro del capitalismo. Lo más propagandizado ha sido el pedido de 83 de los hipermillonarios (hay cerca de medio millón de individuos que tienen más de 30 millones de dólares personales) que plantean a sus gobiernos en una carta abierta “que nos aumenten los impuestos. Inmediatamente. Sustancialmente. Permanentemente», para que se incrementen los presupuestos del área social. Más allá de su pretendido “humanismo”, saben que todo puede caer como un castillo de naipes si los pueblos se convencen que no hay más alternativa que una revolución.

Las medidas keynesianas son principalmente favorecidas en Europa, pero se combinan con las medidas neoliberales, sin afectar realmente la actual distribución de la riqueza.

Las medidas pueden ser neoliberales o keynesianas, pero una y otra vez repiten que se trata de retornar a la “normalidad”. Pero la normalidad capitalista está en las relaciones de sobre explotación de las clases trabajadoras y la naturaleza; la “normalidad” no tiene humanismo y produce guerras, extractivismo y autoritarismo; la “normalidad” no es deseable para las mayorías. Por ello, desde abajo surgen otras propuestas y denuncian lo que está sucediendo. En buena medida, se expresa la contradicción entre lo común y la propiedad privada, entre la defensa de la vida y la imposición de los intereses empresariales.

Lo común y la propiedad privada en tiempos de pandemia[vii]

En las definiciones más frecuentes, se entiende por bienes comunes a los recursos que no son (hasta que los capitalistas lo logren), propiedad exclusiva de nadie en particular, como pueden ser las semillas, el agua, patrimonio genético, conocimientos ancestrales, y otros. Usar la palabra “recursos” los relaciona con la economía y eso permite a los capitalistas hablar de “bienes comunes públicos”, pero también de “bienes comunes privados”, dejando clara la de la posibilidad abierta de apropiación personal de lo común, tal como sucede por ejemplo con la privatización de las aguas en Chile o muchos más casos.

Por fuera del económico, los Derechos Humanos son también de interés y pertenencia común. Para no entrar en discusiones doctrinales, especialmente los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC), entre los que están los derechos a la salud y la educación, son derechos colectivos. No son “bienes”, para que nadie pretenda privatizarlo y pertenecen también al campo de lo común o los comunes.

La pandemia ha sido una situación inédita, sin duda. Obliga a pensar qué hacer hoy y qué hacer cuando termine. Para hoy, la respuesta humana debería ser con el primero la vida y después las ganancias injustificadas de los ricos. Este momento de la crisis hace de este modo visible la contradicción entre lo común (y comunitario), frente a la propiedad privada de los grandes medios de producción.

Del lado de lo común está la salud y otras necesidades básicas, pero los defensores de la propiedad privada prefieren pagar la deuda externa a poseedores de bonos cuya identidad se esconde (en Ecuador, se lo hizo en un monto importante y el ciento por ciento del valor nominal, luego de que se anunciara la posibilidad de una moratoria bajando el precio los bonos de mercado y permitiendo la segura compra de algunos, para luego cobrar al país a precio total). El extremo está en aquellos que están dispuestos a prescindir de parte de la población humana, tema tratado de manera insistente en ciertos círculos de poder mundial.

La preferencia por beneficiar a la propiedad privada ya se vio claramente en la crisis de 2008-2009. El economista Manfred Max-Neff contrastó los 30.000 millones de dólares al año que se requieren para superar el hambre en todo el planeta, según cálculos de la FAO, frente a 17 millones de millones que los estados entregaron para salvar a los bancos y ciertas grandes empresas. Lo que se entregó es equivalente a 600 años de un mundo sin hambre. Sin duda un crimen contra la humanidad para mantener el enriquecimiento privado a niveles no vistos en la historia previa.

Ahora, mientras hasta el FMI y el Banco Mundial hablan de priorizar la solidaridad internacional, los capitales privados a través de Trump buscan la exclusividad de uso de la vacuna que se experimenta en Alemania y otros países, para añadir ganancias a la ya perversa industria farmacéutica. Y la “solidaridad” del FMI y el BM da para llorar. Hablan de condonar las deudas de los 76 países más pobres, pero ya plantean nuevos créditos con intereses usureros y, a la vez, salvatajes dirigidos a los millonarios como los de la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial que negoció inversiones en 300 grandes transnacionales y Estados Unidos lleva un rescate que supera los 2 billones (millones de millones) de dólares sin compromisos para las grandes empresas. Legalmente, se podría asumir que los rescates son una compra de acciones en las trasnacionales y que estas acciones pertenecen a los Estados y dejan de ser propiedad privada para convertirse en un bien común, sin embargo, son simplemente entregas a pocos poderosos de buena parte de la riqueza de la sociedad, poniendo el riesgo de la mayoría de la población.

La contradicción entre lo común y lo privado se mira hoy, más fuertemente, en los sistemas de salud. Sólo los sistemas públicos se muestran capaces de lograr la garantía al derecho de la salud de toda la población. No se les puede acusar de izquierdistas a los gobernantes de Irlanda, pero optaron por este motivo a una “estatización provisoria” de los servicios de salud y, de manera similar, han actuado otros países, sacando las garras del interés de lucro privado que en muchos casos se negaron a atender a personas afectadas sin dinero o que subieron brutalmente los precios de mascarillas y medicinas aprovechando la relación entre demanda y oferta. Macron, presidente de Francia, tuvo que reconocer que “la pandemia ha revelado que la sanidad gratuita, sin condiciones de ingreso… No son costos o cargas, sino bienes preciosos, unas ventajas indispensables… Y este tipo de bienes y servicios tienen que estar fuera de las leyes de mercado”.

Los millonarios y sus gobiernos piensan lo contrario. Disputan quién ganará más millones con la vacuna; hay actos de piratería gubernamental para capturar barcos con insumos médicos; se intenta evitar la llegada de insumos básicos a países como Venezuela para continuar los planes de expoliación de países enteros. La pandemia, dirán, hay que verla como una “oportunidad” para los negocios.

Podríamos seguir comparando y siempre lo común se mostrará necesario, humanamente prioritario, mejor. Es una buena prueba de la superioridad de sociedades comunitarias y el socialismo, sobre el capitalismo.

Sin embargo, mucho dicen y hacen los que insisten en defender la propiedad privada y el sistema de explotación, como Margaret Thatcher, repitiendo que “la sociedad no existe, sólo existen individuos”, tanto como otros capitalistas que hablan de reformar el sistema (incluyendo la última cumbre de Davos), y otros más se muestran dispuestos a ceder algo para no perder el poder como sucede con los que hoy entregan bonos a la población en general o a los desempleados, incluso en las potencias, para evitar levantamientos masivos.

Pandemia y escenarios próximos

Según las posiciones ideológicas y los intereses de clase, hay muchas proyecciones de como la crisis, agudizada por la pandemia, cambiará al mundo.  Estas parten generalmente de proyecciones como las siguientes:

  • Según la OCDE, se espera al menos una reducción de más de 15 % en la producción de las economías avanzadas y de las economías de los países emergentes.
  • Según la Organización Internacional del Trabajo de la ONU (OIT), en el segundo trimestre se perdió un 14% estimado de horas laborales por la pandemia, equivalente a 400 millones de empleos a tiempo completo y se espera que el desempleo siga creciendo. Nuestro continente será el más afectado y, en el caso ecuatoriano, estiman que 850 mil trabajadores estarán en el desempleo a finales de año.
  • El tele trabajo y otras formas de desregulación laboral, incluyendo la uberización de las más diversas actividades han crecido exponencialmente, sobreexplotando a los de abajo.
  • La FAO y el Programa Mundial de Alimentos, organismos igualmente de la ONU, advierten que 27 países se verán amenazados por hambrunas generalizadas, mientras afectará a millones en todo el mundo, especialmente a desempleados que no podrán comprar los alimentos básicos. La cifra venía creciendo cada año y se estima que en 2019 ya eran 130 millones quienes padecían inseguridad alimentaria aguda.
  • CEPAL anuncia UNA CRISIS ALÑIMENTARIA EN América latina, a pesar de ser la región que podría alimentar al mundo.
  • Al mismo tiempo, las formas industrializadas y llenas de químicos que se emplean en la producción intensiva de alimentos, continúan con consecuencias negativas a pesar de las pruebas de la superioridad, en todo sentido, de la agroecología. En las corporaciones cárnicas se van generando nuevos virus (ya se conoce una nueva variedad de gripe porcina que podría expandirse), lo que se suma a la destrucción de una defensa natural que tenemos en la naturaleza silvestre, en los ecosistemas sanos.
  • Continúa imparable la dirección hacia un mayor cambio climático y sus efectos negativos, mayor contaminación, así como a la gran extinción de especies,
  • En lo social y en lo político, la situación es igualmente difícil. Aún en condiciones de pandemia, las movilizaciones populares se hacen sentir; en otros países, se espera la presencia social en las calles que dé continuidad a las luchas realizadas entre octubre y diciembre del año pasado. Las contradicciones en las clases dominantes de los grandes países también se reflejan en los gobiernos y parlamentos y en esos mismos países los pueblos ocupan las calles para hacer oir su voz.

Estas o cualquier otra proyección señalan que la recuperación del sistema no será fácil y tardará en llegar. Por eso, algunos de sus defensores insisten en la aplicación del recetario neoliberal, lo que anticipa un mundo peor que el actual (Byung-Chul Han). También están quienes plantean que se refuerza una tendencia a la “refeudalización” económica, que ya venía expresándose en los mercados y acumulación de riquezas, pero que ahora se fortalece con el apoyo de los bancos centrales, especialmente de las potencias, a los grandes propietarios de empresas transnacionales (Hans Krysmanski y Olaf Ralteimer). En ambos casos, la democracia liberal deja el lugar a formas más autoritarias de poder burgués.

De manera diferenciada, están los que plantean reformas más o menos importantes, mientras otros plantean reformas que “corrijan” al capitalismo o lo “humanicen”. Usan nombres como capitalismo progresista (Joseph Stiglitz), socialismo participativo (Thomas Piketty), Green New Deal (Bernie Sanders), retorno al keynesianismo y el Estado de bienestar con una renta universal para todos los ciudadanos (varios) o democracia económica (Joe Guinan y Martin O’Neill). Todos se basan en un optimismo que no encuentra muchos hechos que lo sustenten. La expresión mayúscula de ese optimismo es confiar que la epidemia (y no los pueblos) le dé un golpe mortal al capitalismo y provoque un salto cualitativo hacia un “comunismo reinventado” (Slavoj Zizek).

Casi se puede decir que hay anuncios para todos los gustos. Es obligatorio, sin embargo, señalar cuatro elementos que se minimizan en ellos: la presencia de una creciente lucha de clases que se expresa en lo económico, ideológico y político; las lecciones del comportamiento de esas clases en grandes crisis del pasado; los límites que la naturaleza pone al desarrollo capitalista; y las opciones revolucionarias que pueden surgir desde los pueblos y desde las izquierdas, aunque no sea de manera inmediata.

Lo que vendrá, no llegará sin confrontación de intereses de clase y lucha social, ni será resultado mecánico de la pandemia. Los pueblos tendrán que aprender de esta nueva experiencia y escribir ese nuevo momento histórico para defender y recuperar el sentido común de la sociedad humana.

La guerra como necesidad del capitalismo en crisis

Lenin señalaría entre las características de la etapa imperialista del capitalismo tanto el reparto del mundo como la guerra cuando este ya no convence a las partes. Con la guerra, en momentos de depresión, se ha destruido fuerzas productivas para reorganizar el sistema, de manera que es en sí misma un negocio capitalista. Hay que recordar que la industria bélica es la única, junto al narcotráfico, que no ha entrado en crisis y que, en las últimas décadas otro negocio millonario ha sido la “reconstrucción” del país destrozado tras la guerra, tal como fue el reparto entre empresas, principalmente norteamericanas y alemanas de la reconstrucción de Irak.

De manera que las contradicciones de la época tienen el trasfondo de la guerra. Unas veces, directas, pero hoy las potencias acostumbran más a enfrentar a otros países para satisfacer sus intereses. El caso actual de Libia, en que puede decirse que casi todas las potencias están metidas a través de facciones internas, es un ejemplo. Lo fue también, en su momento, la guerra que fragmentó a Yugoslavia, que tuvo en cada bando contendor a alguna potencia.

No solo que el presupuesto militar ha crecido a niveles record, sino que en los países de mayor impacto del COVID/19, como Italia, las empresas de armamento no pararon y se las consideró “vitales” como los alimentos. En 2019, el gasto militar mundial tuvo un aumento del 3,6 por ciento en comparación con 2018, continuando la tendencia mundial a la carrera armamentista de los últimos años, llegando a 1 billón 917 mil millones de dólares de gasto mundial en armas en 2019[viii].

Tarja Cronberg, miembro del SIPRI, interpreta el aumento y especialmente el gasto de los EE.UU, China y Rusia -que están entre los 5 primeros – como prueba de la creciente rivalidad entre las tres grandes potencias. Con su presupuesto armamentista, los EE.UU. por sí solos representan el 38% del gasto mundial en armas. Amela Skiljan, coordinadora del Internatuional Peace Bureau (IPB), ayuda a desglosar para ayudarnos a comprender su magnitud: Ese billón 917.000 millones de dólares anuales significan un gasto militar mundial de 60.800 dólares por segundo. Ello representa el negocio de la venta de armas y de conflictos militares sin fin, junto con la agudización de la rivalidad entre las potencias.

El mundo no ve todavía una guerra directa entre las grandes potencias. El petróleo, por ejemplo, se disputa en guerras locales y con la careta de conflictos internos o regionales, con guerras híbridas o de cuarta generación, apoyando o no a organizaciones como el Estado Islámico o destruyendo países, preparando otras guerras como una posible agresión imperialista contra Venezuela, cuyos pasos no se han detenido en momentos de pandemia. Las guerras están al orden del día y para las potencias hay otro objetivo: inviabilizar a los estados nacionales, convertirlos en “estado fallidos”, con lo cual se publicita una labor “civilizadora” e incluso “humanista” que justifica cualquier cosa que realicen.

Parte de la escalada de los conflictos está en las sanciones unilaterales y al margen de cualquier legislación internacional que realiza principalmente Estados Unidos y que ha momento le enfrenta incluso con sus más cercanos aliados.

Lo bélico permite ver una suma de dos contradicciones: la del imperialismo y países dependientes y la interimperialista. Por supuesto, los Estados que no quieren las cadenas de dominación están en condiciones duras. El llamado “frente de la resistencia” de Oriente Medio se muestra decidido a enfrentar a distintos niveles la agresión, pero hacia dentro tienen sus propios conflictos al aplicar medidas autoritarias, sectarias y neoliberales. No son una verdadera alternativa, pero, en todo caso, demuestran disposición a luchar por la independencia y en defensa de sus recursos naturales.

Precisamente nada sería como es si no se tuviera también una estrategia de desarrollo capitalista que implica, parafraseando a Marx, la destrucción de las dos fuentes de riqueza: las clases trabajadoras y la naturaleza. Volver a la “normalidad” es también fortalecer los procesos que fracturan la simbiosis entre sociedad y naturaleza, retornar al extractivismo feroz en medida que se recupera la producción y el consumo, poner a las empresas por encima de cualquier expresión o base para la vida.

Mientras la naturaleza sea tratada como un enemigo al que hay que dominar, estaremos en una guerra de la que la humanidad será la mayor víctima e inevitablemente derrotada. Mientras eso ocurra, toda forma de economía que cuide la vida será despreciada. El capitalismo, así como es incompatible con la protección de la naturaleza de la que somos parte, es contrario también a las formas sociales de economía del cuidado, así como seguirá aprovechando la economía del cuidado a escala doméstica para descargar los costos de la reproducción de la fuerza de trabajo en la familia de los productores o productoras.

Esto último nos liga a las nuevas expresiones de la lucha de clases. En 2014, Waren Buffett, uno de los más grandes millonarios del mundo, dijo claramente: «Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando». Ahora ello incluye la destrucción de derechos alcanzados tras largas luchas. El teletrabajo se usa para desvanecer la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de socialización, el tiempo máximo de trabajo también se pierde, los hogares pasan a ser oficinas pero las que el patrono no paga ni por equipos ni por alquiler, el que quiere trabajar debe tener los recursos de trabajo que ya no le proveerá el patrono, los salarios decaen y los controles sobre la vida de cada uno se intensifican teniendo la vigilancia electrónica del “gran hermano”.

La agudización de las contradicciones no es una condena

Aunque se identifique que la cuarentena dio tiempo a la gente para pensar, para llevar una vida familiar y revalorizar lo más importante, estos son procesos que pueden darse a nivel personal o de las familias, especialmente de las que viven en pobreza. Los millonarios, prácticamente siguieron su vida de siempre, siguieron teniendo sirvientes en todos los campos, incluyendo a muchos presidentes y diputados.

Al mirar por clases y sectores de clase, veremos que puede haber cambios solo debido a que las disparidades e injusticias sociales se han hecho más evidentes para muchos, caen las imágenes paradisíacas de las potencias, se puede visibilizar directamente que tenemos que restablecer la simbiosis con la naturaleza a partir de respetarla, la violencia patriarcal no pudo esconderse y las mujeres dieron las mayores batallas por la vida y, ahora, tuvimos la oportunidad de valorar más el trabajo de un campesino, una enfermera o de quienes limpian las calles, que lo que hacen una serie de gentes que solo sostienen el sistema de opresión.

Comprenderlo, no es automático. Por ello las organizaciones populares y de izquierda mantuvieron reuniones y asambleas, escuelas de formación, debates, expresiones de protesta y alternativa. La mayoría debieron ser realizadas con el empleo de las mismas tecnologías usadas para alienarnos, revirtiendo su uso y su contenido. Otras, en caceroladas, plantones y marchas que rompieron incluso los toques de queda. Dijeron que hay alternativas, que la vida puede cambiar para bien, que es momento de juntar las luchas. Dijeron que no se quiere la “normalidad” sino la humanidad, que la vida es más importante que las ganancias de pocos.

Con ello, queda claro que las contradicciones se agudizan, que hay expresiones de la guerra entre el pasado y el futuro en todos los planos, pero que son los pueblos, sus hombres y mujeres, sin distingo de cultura o de color de piel, los que tendrán la última palabra. Y si mujeres y jóvenes han sido los más fuertemente afectados por la crisis general y por la pandemia, son también quienes presentan más acción y fuerza resistente, demostrando que no será aceptado fácilmente el retorno a la “normalidad”.

La historia está por escribirse y nos dará a conocer cual es el escenario que finalmente se convierte en realidad. Felizmente quienes trabajan por un escenario de transformaciones radicales y revolucionarias para superar el capitalismo, van creciendo, en distintas formas, alrededor del mundo. Muchas esperanzas también crecen a partir de ello.


NOTAS

[i] El País, 20-12-2019.

[ii] BBC News Mundo, 17 marzo de 2019.

[iii] Roberts, Michael: https://thenextrecession.wordpress.com/2019/03/08/demographic-demise/

[iv] El texto en inglés en: https://www.defense.gov/Portals/1/Documents/pubs/2018-National-Defense-Strategy-Summary.pdf

[v] https://www.libremercado.com/2018-09-11/las-dos-caras-contradictorias-de-trump-conjuga-proteccionismo-comercial-con-desregulacion-1276624543/

[vi] voltairenet.org

[vii] Síntesis del artículo publicado con el mismo nombre el 3 de abril de 2020 en: CLAE, www.estrategia.la

[viii] Según datos del SIPRI (Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo).