Por Francisco Escandón Guevara
Trump por fin lo hizo, luego de meses de amenazas, se deslizó hacia la barbarie. Al bombardear Venezuela dejó en evidencia que el derecho internacional está proscrito, que la soberanía de los Estados es una reliquia de antaño y que cualquier superpotencia puede agredir a un país dependiente para saquear sus riquezas naturales.
El telón de fondo no es la lucha contra las drogas, ni la liberación de Venezuela del régimen de Maduro, lo que le interesa es el control continental: la implementación de la recientemente elaborada Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, también llamada corolario Trump de la doctrina Monroe.
Durante doscientos años la Doctrina Monroe fue la guía de la política exterior norteamericana para justificar su hegemonía; hoy no es diferente, se profundiza. Las acciones ordenadas por Trump son un ultimátum: no está dispuesto a compartir su preeminencia continental con otras voraces potencias imperialistas, por lo que intervendrá y controlará América Latina para favorecer los intereses de los monopolios y las transnacionales.
A los venezolanos les expropiarán la mayor reserva de petróleo del planeta, hostilmente Trump ofrece ocupar ese territorio, gobernarlo, hasta encargarlo a quien él decida; ese alguien tendrá que pasar el test de fidelidad a los capitales internacionales, no el de los derechos que el pueblo ansía. La medicina podría ser peor que la enfermedad.
El fantasma de la recolonización amenaza a Latinoamérica y el mundo. ¿Cuál será el próximo país invadido? ¿Cuál es el límite de quien se cree emperador del planeta? ¿Qué otra riqueza natural del subcontinente reclamará como suya Trump y su pandilla? El tiempo lo dirá, serán los pueblos quienes dibujen esos límites, de ninguna manera la Organización de Estados Americanos (OEA) o la Organización de Naciones Unidas (ONU) que no garantizan el derecho internacional, sino los negocios millonarios de los dueños del mundo.
Por cierto, esta no es una apología al régimen de Maduro ni a sus socios de bandera China o Rusia, su criticable huella no debería ser justificación válida para aplaudir la agresión, la ocupación y el saqueo que le espera a esa nación. Al fin y al cabo, dos errores históricos no hacen un acierto democrático.
