El asesinato político, bandera de la burguesía

Periódico Opción

Por Francisco Garzón Valarezo

Hará unos 12 años MoniKa Silva llegó a Ecuador desde Polonia y como ocurre con tanto gringo se quedó a vivir aquí. Se enamoró del espectáculo de sus horizontes, del clima, de los platos sabrosos. Se deslumbró con el recital de los bosques porque creía que los pájaros cantaban en polaco; comió las frutas exóticas; recibió con algarabía las avalanchas del sol y se encantó con el vuelo filosófico de los alcatraces en las playas de Montañita. Le fue fácil decidir quedarse a vivir en la costa.

También conoció la otra cara del Ecuador: el desamparo, el hambre que no abandona, el desempleo, la ausencia de servicios, y la corrupción, sobre todo la corrupción. Y tomó partido por la honradez. Denunció atracos, delitos, pillajes de alta y baja monta, tráfico de tierras y de drogas hasta que la mataron. La burguesía la mató.

En su ridícula estupidez el ministro del Interior John Reimberg, dijo que la hipótesis del crimen era el suicidio.

Cuando le conviene, acribillan a la mansalva tal como lo hicieron con Jaime Hurtado, cuando no le conviene, matan con sigilo. A Mónica Silva la mataron con sigilo porque sus denuncias desataban la ira y el odio del poder.

44 días después del magnicidio de Alfaro, abalearon al general Julio Andrade, quien se perfilaba como el referente del liberalismo. El John Reimberg de esas fechas dijo que le había caído un armario.

Cuando Juan Montalvo pronunció su frase: “mi pluma lo mató”, en alusión a la muerte de García Moreno, los John Reimberg de la época lo incluyeron en la lista de los homicidas para investigarlo.

Así es la burguesía, estúpida y ridícula para justificar sus crímenes. Tienen todo el poder en sus manos, la autoridad, autonomía y el control de todo, pero les resulta inútil para resolver los delitos por el hecho de que son ellos quienes los cometen.

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