Por Psic. Cl. Jonathan Párraga Ibarra
Durante décadas, el sistema ha intentado convencer a la juventud de que la política es inútil, que las ideologías han muerto y que el éxito individual constituye la única forma de realización personal. Bajo esta lógica, la competencia sustituye a la solidaridad, el individualismo desplaza a la conciencia colectiva y la resignación se la llama resiliencia y se presenta como una virtud. Sin embargo, algo comienza a romper esa aparente normalidad: en distintas partes del mundo, miles de jóvenes abandonan la pasividad y vuelven a las calles para cuestionar el orden establecido.
Este despertar tiene una dimensión profundamente psicológica, social y política. La precariedad, la desigualdad, la falta de oportunidades y la incertidumbre sobre el futuro no solo deterioran las condiciones materiales de vida; también generan en la juventud y la población, frustración, ansiedad, indefensión y pérdida de expectativas. Cuando estos malestares se interpretan exclusivamente como fracasos individuales, el sistema consigue aislar a las personas, debilitar su autoestima y desactivar su capacidad de respuesta colectiva.
Pero cuando la juventud comprende que muchos de sus sufrimientos tienen raíces estructurales, ocurre una transformación fundamental: el malestar individual comienza a convertirse en conciencia social, y la frustración puede transformarse en acción política organizada.
La historia demuestra que la juventud nunca ha sido un actor secundario en las grandes transformaciones. Desde las luchas obreras y estudiantiles hasta la resistencia contra las dictaduras, el colonialismo y las guerras, las nuevas generaciones han desafiado los límites de lo aparentemente inevitable. Su capacidad para cuestionar las normas establecidas y desafiar las estructuras de poder ha contribuido a abrir caminos que otras generaciones consideraban imposibles.
Hoy, frente a la concentración de la riqueza, la explotación laboral, el imperialismo y el avance de la extrema derecha, ese protagonismo vuelve a ser decisivo. El fascismo no se sostiene únicamente mediante la represión: también se alimenta del miedo, el resentimiento, la deshumanización del adversario y la necesidad de señalar culpables para problemas que tienen profundas raíces económicas y sociales. Su estrategia consiste en convertir la frustración popular en odio contra los más vulnerables, mientras protege los privilegios de quienes concentran el poder.
Frente a esta realidad, la organización juvenil representa también una forma de emancipación psicológica y una luz de esperanza para los pueblos. La solidaridad rompe el aislamiento; la participación fortalece el sentido de pertenencia; la conciencia crítica permite cuestionar las ideas impuestas, y la acción colectiva devuelve a las personas la percepción de que pueden intervenir en su propia realidad para transformarla.
No se trata de idealizar a la juventud ni de creer que la indignación, por sí sola, puede transformar el mundo. La protesta necesita conciencia histórica, formación política, organización y lucha por un proyecto revolucionario capaz de convertir la rebeldía en una alternativa real de poder popular.
La esperanza de los pueblos no consiste en esperar que el sistema corrija voluntariamente sus propias contradicciones, sino en construir la fuerza social capaz de transformarlo.
Cuando la juventud deja de culpabilizarse por las injusticias que padece, comprende sus causas y se organiza para combatirlas, deja de ser espectadora de la historia y comienza a convertirse en protagonista de su transformación.
Porque despertar no significa únicamente abrir los ojos ante la injusticia: significa perder el miedo a cuestionarla, comprender sus raíces y asumir colectivamente la responsabilidad de cambiarla.
Mientras exista una juventud capaz de transformar la indignación en conciencia, la conciencia en organización y la organización en lucha, ningún gobierno podrá declarar definitiva su victoria sobre los pueblos.

