El peso de la traición: el inevitable ocaso de diana Atamaint

Periódico Opción
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Por Licda. Ana Basantes

El camino de las mujeres hacia la ocupación de espacios políticos en el Ecuador ha sido una brecha abierta a pulso, con sudor y con una resistencia histórica frente a estructuras profundamente machistas. Cuando esa lucha la encarna una mujer indígena, el significado se duplica: representa derribar no solo los muros del género, sino también las barreras del racismo y la exclusión ancestral. Por eso, la llegada de Diana Atamaint a la presidencia del Consejo Nacional Electoral (CNE) no se entendió en su momento como un triunfo individual, sino como una conquista colectiva de los pueblos y nacionalidades que exigían dignidad en el corazón del poder institucional. Sin embargo, la historia nos ha enseñado con amargura que el poder, cuando carece de principios, devora los orígenes.

La salida de Diana Atamaint de la presidencia del CNE no responde a una simple «alternabilidad» institucional, sino al peso insostenible del descontento general de una población cansada de los arbitrajes amañados. Atamaint prefirió darles la espalda a sus raíces y traicionar las legítimas aspiraciones de las mujeres y del movimiento social popular. En lugar de blindar la democracia, optó por convertirse en una operadora servil del gobierno de Daniel Noboa, prestando la institucionalidad del Estado para perseguir y acomodar el tablero electoral al antojo del régimen de turno.

Su sumisión al poder central se tradujo en una agenda de persecución feroz, donde su principal tarea fue impulsar la suspensión y eliminación de organizaciones políticas incómodas para el oficialismo. Pensaron que, borrando partidos de la papeleta con informes a destiempo y maniobras legales, adormecerían las alternativas populares. Pero se equivocaron.

Unidad Popular no olvida que Atamaint fue la gestora principal del nefasto intento de suspender y cancelar a la UP del registro electoral para boicotear su participación en los próximos comicios. Esa agresión directa contra la militancia y contra la izquierda organizada no fue un error técnico; fue un acto de entreguismo político para pavimentar el camino del gobierno.

La lección que deja el día de hoy es contundente: el pueblo ecuatoriano tiene memoria y no olvida a quienes lo traicionan. Quienes usan los cargos públicos para arrodillarse ante el mandatario del momento y pisotear los derechos democráticos terminan saliendo por la puerta de atrás, cobijados por el repudio popular.

Este debe ser un espejo claro para todos aquellos funcionarios que hoy decidan seguir el mismo camino servil de Atamaint, les tocará, más temprano que tarde, el mismo e inevitable destino de abandonar sus cargos bajo el peso de su propio desgaste. La dignidad no se negocia y la historia no perdona a quienes cambian las luchas de su pueblo por las migajas del poder.

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