Cuando los maestros luchan, también enseñan

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Por Mateo Rodriguez

La imagen de un profesor universitario defendiendo el derecho de sus estudiantes a protestar, mientras una ministra exige su separación de la universidad, dice mucho sobre los tiempos que vivimos. Ocurrió en Cuenca, el pasado 7 de octubre, cuando Santiago Rosano participó en las manifestaciones estudiantiles durante la visita del presidente Daniel Noboa. Días después, la ministra de Educación, Gilda Alcívar, pidió públicamente su destitución. Los estudiantes respondieron defendiendo a su profesor y reivindicando la libertad de expresión.

Mientras aquello sucedía en Ecuador, en Francia los profesores respaldaban las movilizaciones de miles de estudiantes contra el deterioro de la educación pública. En Madrid, docentes universitarios y estudiantes participaban en una jornada de huelga, junto a las protestas del magisterio por mejores condiciones laborales y educativas. Tres acontecimientos distintos, unidos por una misma realidad: la educación también se defiende en las calles.

No es una historia nueva. Desde hace siglos, maestros, escritores y pensadores han comprendido que el conocimiento pierde parte de su sentido cuando se separa de los problemas de la sociedad.

Juan Montalvo convirtió su palabra en instrumento de combate contra el despotismo. En “El Cosmopolita” enfrentó al gobierno de García Moreno y en “Las Catilinarias” denunció la tiranía de Veintemilla. Conoció el destierro y la persecución, pero no renunció a su pensamiento. Su obra nos recuerda que la libertad intelectual exige independencia frente al poder y que las ideas pueden convertirse en una fuerza capaz de conmover a una sociedad.

José Martí hizo de la educación, la literatura y la lucha por la independencia cubana partes inseparables de una misma existencia. No concebía la formación humana al margen de la emancipación de los pueblos. Antonio Gramsci, desde las cárceles del fascismo italiano, reflexionó sobre la educación y la formación de una conciencia crítica. Paulo Freire, perseguido y exiliado por la dictadura brasileña, sostuvo que educar implica desarrollar la capacidad de comprender el mundo para transformarlo.

En nuestra América, esa tradición también se escribió con la sangre de los maestros. Isauro Arancibia, dirigente docente argentino, fue asesinado durante el golpe militar de 1976. Manuel Guerrero, profesor chileno, enfrentó la dictadura de Pinochet hasta ser asesinado en 1985. No fueron víctimas por enseñar matemáticas, historia o literatura, sino por asumir que la educación y la libertad no podían separarse.

El magisterio ecuatoriano posee una historia semejante. La Unión Nacional de Educadores enfrentó las dictaduras militares, las políticas de ajuste y los intentos de debilitar la organización de los trabajadores. Rosita Paredes, asesinada en 1973, permanece en la memoria de las luchas populares. Manuel Antón Vélez y miles de maestros resistieron la persecución durante las jornadas de 1977. Aquellas luchas enseñaron que defender la escuela pública también significa defender la dignidad de quienes estudian y trabajan en ella.

Existe una profunda contradicción en quienes proclaman la necesidad de formar ciudadanos críticos, pero pretenden castigar a los profesores que cuestionan las decisiones gubernamentales. ¿Cómo enseñar los derechos constitucionales mientras se condena su ejercicio? ¿Cómo explicar la democracia si se exige silencio ante las arbitrariedades?

El estudiante no es un recipiente destinado a recibir conocimientos ni un subordinado obligado a aceptar todas las decisiones de la autoridad. Es una persona con pensamiento, inquietudes y derechos. Aprender a expresarse, organizarse, disentir y participar constituye una dimensión fundamental de su formación. El maestro que acompaña estos procesos no impone necesariamente sus ideas: reconoce la capacidad de sus estudiantes para construir las propias.

La autoridad pedagógica nace del conocimiento, la coherencia y el respeto. El autoritarismo, por el contrario, pretende sustituir la reflexión por la obediencia. Por eso desconfía de las universidades donde se debate, de los jóvenes que protestan y de los maestros que no inclinan la cabeza.

La historia de la educación está llena de hombres y mujeres que enseñaron con sus libros, sus palabras y sus actos. Algunos conocieron la cárcel, otros el exilio y muchos entregaron su vida. Todos dejaron una lección que conserva su vigencia: educar no consiste solamente en explicar cómo es el mundo, sino también en formar seres humanos capaces de cuestionarlo.

Cuando un maestro defiende la libertad de sus estudiantes, cuando marcha junto a ellos o se enfrenta a una injusticia, su enseñanza continúa fuera del aula. Porque hay lecciones que no se escriben en la pizarra, pero permanecen para siempre en la conciencia de los pueblos.

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