Por Guido Proaño Andrade
Todos lo vimos y quedó registrado. Pocas horas antes de que los colombianos acudan a las urnas el pasado 31 de mayo, Daniel Noboa y el candidato Abelardo de la Espriella armaron un nuevo capítulo del entramado de intervención del gobierno ecuatoriano en los asuntos internos de Colombia. Como si De la Espriella tuviese capacidad legal o representación institucional, Noboa se comprometió con él a eliminar —desde el 1 de junio— los aranceles del 100 % al comercio entre ambos países. El acto tiene el mismo valor como si el acuerdo se establece con el primer ciudadano colombiano de a pie que se cruza en el camino; sin embargo, el efecto político es totalmente diferente. El contexto es que la CAN ordenó eliminar esos aranceles, bajo el riesgo de imponer sanciones.
Días antes ocurrió algo similar, pero con la candidata uribista Paloma Valencia. Tras una conversación telefónica, Paloma voló por todos lados anunciando que Noboa se había comprometido con una disminución parcial de los aranceles al 75 %. El uribismo, esa misma corriente política que gobernó Colombia apoyándose en las sanguinarias Autodefensas Unidas de Colombia —protegidas por el Estado y financiadas por grupos de narcotraficantes, empresarios, ganaderos y empresas internacionales—, celebró el anuncio con la certeza de que ello catapultaba a su candidata y la pondría vis-à-vis en la disputa con Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico.
El cálculo falló: Paloma no levantó vuelo. «Ofrecer un 25 % de disminución no es suficiente, vamos por el 100 %», debió cruzar por la cabeza de quienes manejan los hilos de la política exterior ecuatoriana. Sabemos que Noboa no lo hace; él es un instrumento de Washington.
Los dos episodios son graves. Expresan que el manejo de la política fiscal y comercial ecuatoriana se orienta en función de las necesidades políticas de la extrema derecha, en este caso, colombiana. Pero ¿a favor de quién está jugando Daniel Noboa, sin importarle que sobrepasa el principio de no intervención, establecido en el derecho internacional que protege la soberanía, libre determinación e integridad de los Estados?
Abelardo de la Espriella tiene su historia. Como abogado penalista ha defendido a figuras directamente vinculadas con el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción a gran escala. Los registros judiciales y varias investigaciones periodísticas muestran que su bufete, De la Espriella Lawyers Enterprise, lleva casos clave de la criminalidad organizada.
Entre los ecuatorianos, nombres como Salvatore Mancuso, Juan Carlos «El Tuso» Sierra, David Murcia Guzmán, los Nule o Jorge Visbal Martelo seguramente no dicen nada; pero en Colombia, estos nombres evocan una de las épocas más oscuras y complejas de su historia reciente, marcada por el narcotráfico, el paramilitarismo, la corrupción estatal y las grandes estafas financieras. En el imaginario colectivo, son sinónimos de impunidad, despojo, dinero fácil y el entrelazamiento de las mafias con el poder político y económico. Todos ellos, clientes de De la Espriella.
Salvatore Mancuso evoca el terror paramilitar, masacres y despojo de tierras de campesinos. Como uno de los máximos comandantes de las Autodefensas Unidas de Colombia, su nombre representa la violencia sanguinaria del paramilitarismo. Sus declaraciones en los procesos judiciales llevados en su contra pusieron al descubierto los vínculos de las élites económicas con el paramilitarismo, en lo que se conoce como «parapolítica».
Juan Carlos «El Tuso» Sierra, narcotraficante que se coló en los procesos de paz como si fuera actor político, fue condenado en EE. UU. por el envío de toneladas de cocaína.
David Murcia Guzmán, cerebro de las pirámides financieras y la ambición social; creador de la captadora ilegal DMG, utilizada para el lavado de activos provenientes del narcotráfico. Su nombre representa, además, el colapso económico de miles de familias.
Esos son algunos de los clientes de Abelardo de la Espriella. Por ese candidato apuestan Daniel Noboa y Donald Trump. Buscan el retorno de la narcopolítica al Palacio de Nariño.
No sé por qué, al leer los nexos económicos y políticos de De la Espriella, me vienen a la mente las bananeras de la familia Noboa.
