El miedo no es a nuestra alianza: es a nuestra fuerza

Periódico Opción
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Por Jorge Cabrera Espinoza

Bastó que comenzáramos a hablar de unidad para que algunos descubrieran, de repente, una preocupación casi maternal por Unidad Popular. Fue enternecedor. Los mismos que ayer querían vernos reducidos, aislados y derrotados aparecieron convertidos en celosos guardianes de nuestros principios. Nos explicaron nuestra historia. Nos recordaron nuestras luchas. Nos señalaron nuestros muertos, nuestros perseguidos, nuestras heridas. Solo les faltó afiliarnos nuevamente al partido, entregarnos el carné y cobrarnos las cuotas atrasadas.

Tanto cariño repentino merece sospecha.

Durante años no les preocupó demasiado nuestra suerte. Pero bastó que UP Lista 2 decidiera caminar hacia una convergencia con otras fuerzas de izquierda ,  sectores democráticos y la RC, para que comenzaran las campanas del apocalipsis: “¡Se vendieron!”, “¡traicionaron!”, “¡claudicaron!”, “¡perdieron los principios!”.

Qué extraordinario: quienes nunca defendieron nuestros principios ahora sufren porque supuestamente los perdimos.

Y allí empieza a revelarse la verdad.

No les preocupa que Unidad Popular haya cambiado. Les preocupa que Unidad Popular pueda crecer, sumar, juntar fuerzas y contribuir a construir una mayoría capaz de disputar el poder.

Por eso ahora existe tanto escándalo.

Nos preguntan cómo podemos coincidir electoralmente con fuerzas con las cuales mantuvimos (y mantenemos) profundas diferencias. La respuesta es sencilla: porque hacemos política, no espiritismo. Porque la historia no se detuvo en ninguna de nuestras disputas pasadas. Porque el Ecuador de hoy nos plantea un escenario concreto y las organizaciones que pretenden transformar la sociedad tienen la obligación de responder a las contradicciones de hoy.

No hemos olvidado nada.

No necesitamos que nuestros adversarios nos presten memoria.

Sabemos perfectamente dónde estuvimos, qué combatimos y qué dijimos. No borramos una sola página de nuestra historia para escribir la siguiente.

Pero tampoco convertiremos nuestras cicatrices en esposas.

La política revolucionaria no consiste en encontrar compañeros químicamente puros para caminar hacia un horizonte igualmente puro. Eso existe solamente en los laboratorios y en la imaginación de quienes jamás han tenido que construir una mayoría.

Nosotros no somos ángeles, tampoco demonios: Somos revolucionarios.

Y un revolucionario que no sabe distinguir estrategia de táctica, contradicción principal de contradicciones secundarias, principios de instrumentos y objetivos históricos de necesidades coyunturales puede terminar siendo muy puro, ciertamente, pero políticamente inofensivo.

Hay quienes consideran radical permanecer solos. Nosotros consideramos radical transformar la realidad. Y para transformarla hay que acumular fuerzas.

Aquí aparece aquello que algunos alarmistas prefieren no discutir: ¿cuál es la tarea concreta de este momento?

Desde nuestra lectura, impedir que el proyecto encabezado por Daniel Noboa y sus esbirros profundice la concentración del poder, el neoliberalismo y las tendencias autoritarias que advertimos en su gobierno como su politica de seguridad facistoide. Nosotros vemos el peligro de un país donde el poder económico tenga cada vez más poder político; donde derechos conquistados sean presentados como obstáculos y por ende cercenados; donde la seguridad sirva como argumento para normalizar las desapaciciones forzadas, la persecucion, el asesinato politico; y donde la relación con Estados Unidos termine convirtiéndose en subordinación y bandidaje extranjero en nuestro pais.

Ese es el escenario que analizamos.

Y frente a ese escenario, ¿qué proponen los nuevos sacerdotes de la pureza?

Dividirnos: Magnífica estrategia.

Eso no es radicalismo. Es regalarle al adversario una ventaja y encima envolverla para regalo.

La política revolucionaria nunca ha consistido en ignorar las contradicciones existentes entre diferentes sectores de las clases dominantes. Consiste precisamente en comprenderlas, aprovechar sus fisuras, abrir brechas y convertir cada contradicción favorable en espacio para la acumulación independiente de las fuerzas populares.

¿Hay contradicciones entre sectores burgueses?

Por supuesto.

¿Debemos cerrar los ojos para conservar intacta nuestra virginidad política?

Por supuesto que no.

Las contradicciones del adversario no se contemplan. Se aprovechan.

La cuestión decisiva es otra: quién utiliza a quién, quién acumula fuerzas, quién fortalece su organización y quién conserva independencia política.

Y nosotros tenemos claro dónde debemos estar.

Unidad Popular Lista 2 participa con su identidad, sus banderas, su programa, sus organizaciones y sus candidatos. No entramos a una convergencia para evaporarnos dentro de ella. Nuestros candidatos son precisamente una garantía de que nuestra política, nuestra historia y nuestra concepción del país estarán presentes allí donde disputemos gobierno.

No somos vagón de cola de nadie, queremos construir una correlación de fuerzas diferente.

Eso parece difícil de comprender para quienes imaginan las alianzas como matrimonios religiosos: hasta que la muerte los separe. Una alianza electoral no es un matrimonio.

Es una coincidencia política determinada por objetivos concretos dentro de una coyuntura concreta.

Mañana continuarán los debates. Persistirán las diferencias. Cada organización defenderá su proyecto.

Hoy existe una batalla común.

Y en esa batalla están en juego los gobiernos autónomos descentralizados.

Se disputan prefecturas, municipios, concejos y gobiernos parroquiales. Se disputan presupuestos, planificación, obra pública, políticas territoriales, fiscalización y capacidad de organización desde los territorios.

Se disputa poder.

Porque la lucha de clases no pide vacaciones durante las elecciones, se exacerba mas, se agudiza.

Por eso estas elecciones son estratégicas.

Desde nuestra perspectiva, el Gobierno necesita ampliar su influencia y sometimiento territorial. Nosotros queremos exactamente lo contrario: GAD autónomos, fiscalizadores, democráticos y vinculados con sus pueblos, no administraciones convertidas en sucursales políticas del Ejecutivo de turno.

Y cuando esa posibilidad comienza a tomar forma, aparecen los nervios.

Entonces vienen los insultos.

Vendidos. Traidores. Oportunistas. Incoherentes.

Resulta casi divertido.

Nos dicen oportunistas por intentar ganar elecciones quienes aparentemente consideran virtuoso presentarse para perderlas.

Nos llaman incoherentes por analizar una coyuntura diferente con una táctica diferente.

Nos llaman vendidos sin explicar quién nos compró, cuánto pagó ni dónde está la factura.

Y nos acusan de abandonar nuestros principios precisamente porque pretendemos convertirlos en fuerza material.

Hay unos cuantos radicaloides de izquierda infantilizados, autenticos guerrilleros de redes sociales,  que confunde firmeza con inmovilidad. Cree que hay repetir exactamente la misma táctica en  todo momento, para ellos esto  constituye coherencia. Si cambia el país, repite. Si cambia el enemigo, repite. Si cambia la correlación de fuerzas, repite. Si pierde, vuelve a repetir.

Nosotros elegimos otro camino.

No renunciamos a nuestros principios: los ponemos a combatir en las condiciones reales de nuestro tiempo.

Nuestra independencia de clase no consiste en levantar una muralla alrededor del partido. Consiste en participar en acuerdos sin entregar nuestra organización, nuestro programa ni nuestra capacidad de crítica; marchar junto a otros cuando existen objetivos coincidentes y mantener nuestras propias banderas mientras avanzamos.

Eso exige mucha más firmeza que quedarse mirando desde la vereda.

Sabemos además que derrotar electoralmente al proyecto gubernamental no transforma automáticamente el Ecuador. Sería infantil afirmar lo contrario. Una elección seccional no elimina las estructuras de dominación, no resuelve por decreto la desigualdad y mucho menos sustituye la organización popular.

Pero puede modificar la correlación de fuerzas.

Puede abrir espacios.

Puede permitir organización.

Puede impedir retrocesos.

Puede colocar gobiernos territoriales en manos de los revolucionarios.

Puede demostrar que el proyecto dominante es derrotable.

Y una victoria popular nunca termina simplemente cuando se cuentan los votos. Puede convertirse en conciencia, experiencia y organización para las siguientes batallas.

Porque divididos somos previsibles. Unidos somos un problema.

Y cuando trabajadores, maestros, campesinos, jóvenes, mujeres, pequeños productores, organizaciones sociales, fuerzas de izquierda y personalidades democráticas comienzan a reconocerse alrededor de objetivos comunes, las calculadoras empiezan a funcionar en los despachos del poder.

Que funcionen.

Nosotros también sabemos sumar.

Sumaremos organización.

Sumaremos votos.

Sumaremos territorio.

Sumaremos conciencia.

Y, sobre todo, sumaremos pueblo.

A los alarmistas les decimos que pueden guardar las campanas del funeral: Unidad Popular no ha muerto. A los vacilantes, que la historia rara vez espera a quienes necesitan condiciones perfectas para decidir. A quienes nos insultan desde posiciones aparentemente radicales, pero dewsde la comodidad de una red social, que una frase incendiaria publicada desde un teléfono jamás sustituyó una correlación de fuerzas.

Y a nuestros compañeros, simpatizantes y candidatos debemos decirles algo todavía más importante: no tenemos por qué caminar cabizbajos justificándonos.

No estamos pidiendo perdón por buscar la unidad. La estamos defendiendo.

La defendemos porque consideramos que es correcta para este momento concreto de la historia ecuatoriana. La defendemos porque permite enfrentar al proyecto gubernamental desde una posición más fuerte. La defendemos porque puede impedir que la dispersión popular vuelva a entregar territorios por adelantado. La defendemos porque queremos transformar nuestra fuerza social en fuerza política y nuestra fuerza política en capacidad real de gobierno.

No vendemos nuestra historia. La ponemos a trabajar.

No escondemos nuestras banderas. Las llevamos al encuentro de otras.

No abandonamos nuestro proyecto. Queremos hacerlo avanzar.

Habrá contradicciones. Naturalmente. Habrá debates. Bienvenidos.

Habrá dificultades. Que nadie espere un paseo dominical.

Pero la política revolucionaria jamás consistió en esperar un camino sin barro.

Consiste en saber hacia dónde caminar.

Y nosotros hemos decidido caminar hacia la construcción de un torrente popular suficientemente amplio para derrotar en las urnas el modelo que combatimos, defender la soberanía frente a cualquier subordinación extranjera, disputar los gobiernos locales y acumular fuerzas para transformaciones mayores.

Así que pueden continuar los insultos. Incluso pueden aumentar el volumen.

Cuando el ruido proviene de quienes estaban cómodos con nuestra división, puede ser una señal de que algo estamos moviendo.

Nosotros seguiremos haciendo aquello que parece preocuparles tanto: UNIR.

Porque hay momentos en que la historia abre una pequeña grieta.

Los ingenuos la contemplan. Los sectarios discuten si la grieta es suficientemente pura.

Los oportunistas esperan saber quién ganará antes de escoger un lado.

Los revolucionarios meten allí las manos y la ensanchan.

Eso estamos haciendo.

Y apenas estamos empezando.

Agosto 2026

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