Lizbeth Cumbal Columba *
El capitalismo en su fase imperialista ha desarrollado, como parte constitutiva de su estrategia de dominación, un complejo entramado de control informativo que opera a escala global. Este entramado no constituye un elemento secundario o circunstancial en la lógica de la dominación imperial, sino una herramienta fundamental para construir consensos, fabricar enemigos, justificar la agresión militar y criminalizar a los pueblos que se levantan contra el sistema.
La guerra de las narrativas se ha convertido en un componente indispensable de la guerra material. El imperialismo comprende que la dominación no se ejerce únicamente mediante la fuerza militar o la coerción económica; requiere también conquistar las conciencias e imponer una visión del mundo que legitime el saqueo, la intervención y el exterminio. Esta operación de dominación ideológica se articula mediante el control hegemónico de los grandes consorcios mediáticos globales, concentrados en pocas manos, alineados con los intereses del capital transnacional y subordinados a las directrices geopolíticas de los centros de poder imperial.
El resultado es la construcción sistemática de relatos que ocultan las verdaderas motivaciones de las guerras, las intervenciones y los procesos de desestabilización; criminalizan a las naciones, movimientos y organizaciones que resisten; y silencian las voces que denuncian el saqueo, la violación de la soberanía y el genocidio. Se trata de un cerco mediático global que opera en todos los continentes y se adapta a las condiciones particulares de cada territorio.
En esta guerra de narrativas, los medios de comunicación que no se alinean con los intereses del poder son perseguidos, estigmatizados y criminalizados. La prensa independiente, popular y alternativa, aquella que asume el compromiso de informar desde la verdad y desde los intereses de los pueblos, se convierte en blanco de una ofensiva que combina la deslegitimación mediática, la persecución judicial y, en numerosos casos, la represión física.
Esta criminalización no constituye una excepción ni un exceso circunstancial, sino una política deliberada para acallar la crítica, garantizar la impunidad de los poderosos y desmovilizar a los sectores organizados. Se califica a la prensa alternativa de «subversiva», «desestabilizadora» o «enemiga del orden»; se la acusa de promover el caos cuando, en realidad, muestra el caos que el propio sistema genera; se criminaliza a quienes denuncian los desalojos, la represión, la corrupción, el saqueo de los recursos naturales y la entrega de los territorios al capital transnacional.
El imperialismo no solo bombardea con misiles; bombardea con mentiras. La guerra mediática precede, acompaña y justifica la guerra militar. En este terreno, los grandes medios de comunicación se han convertido en actores de la dominación imperial al legitimar la agresión y ocultar sus verdaderos objetivos.
El caso de Palestina constituye la evidencia más sangrante de esta estrategia. Más de setenta mil personas asesinadas, más de mil días de guerra de exterminio contra la población palestina, la destrucción sistemática de hospitales, escuelas, viviendas y campos de refugiados muestran la dimensión de una tragedia que el derecho internacional identifica como un genocidio en curso. Sin embargo, los grandes medios, con honrosas excepciones, han preferido hablar de «conflicto», de «escalada de violencia» o de «operaciones antiterroristas». Han ocultado que se trata de la colonización permanente de un territorio, de la expansión de un Estado ocupante respaldado militar, diplomática y financieramente por Estados Unidos y sus aliados. Han construido una narrativa que criminaliza la resistencia palestina mientras blanquea al ocupante y legitima la agresión. No obstante, a pesar del cerco mediático y del poderío militar del ocupante, el pueblo de Gaza resiste. No han logrado exterminarlo. La solidaridad internacional crece y cada día son más las voces que denuncian el genocidio y exigen el cese de la agresión.
La misma lógica se aplica contra la República Islámica de Irán. La Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos y el Mossad israelí han impulsado campañas de desestabilización bajo el discurso de la defensa de los derechos humanos, cuando el verdadero objetivo ha sido debilitar a un Estado que no se subordina a los intereses geopolíticos de Washington y sus aliados. Las protestas han sido utilizadas como cobertura para operaciones orientadas al cambio de régimen, buscando quebrantar la soberanía iraní y modificar el equilibrio estratégico en Medio Oriente. Sin embargo, Irán resiste y responde por su soberanía, demostrando que la voluntad de los pueblos no se doblega ante las maniobras del imperialismo.
En Nigeria, el Pentágono bombardea territorio soberano violando el derecho internacional y justifica estas acciones bajo el argumento de la lucha contra Boko Haram. En Siria, la intervención militar se presenta como una guerra contra el terrorismo, cuando en realidad responde al propósito de debilitar a un gobierno que ha resistido la ofensiva imperialista y mantiene alianzas estratégicas con Rusia e Irán. La soberanía siria es vulnerada de manera sistemática mientras la agresión se presenta ante el mundo como una acción humanitaria.
En Venezuela asistimos a uno de los montajes mediáticos más sofisticados para justificar la apropiación de las mayores reservas petroleras del planeta. Durante años se ha construido una narrativa centrada exclusivamente en la dictadura, la crisis humanitaria y la violación de los derechos humanos, mientras se silencian las consecuencias de las sanciones económicas, responsables de profundizar el sufrimiento del pueblo venezolano. Diversos organismos internacionales han contribuido a legitimar este cerco político y económico, convirtiéndose en parte de una estrategia que busca quebrantar la autodeterminación del pueblo venezolano y facilitar el control de sus recursos estratégicos. En este contexto, el discurso sobre la democracia y los derechos humanos termina funcionando como cobertura ideológica para el saqueo y la agresión.
¿Quién expone estas verdades? ¿Quién revela las verdaderas motivaciones detrás de las guerras y las operaciones de desestabilización? Los grandes medios no lo hacen porque pertenecen a los mismos grupos económicos que se benefician de estas guerras; porque sus líneas editoriales responden a los centros de poder imperial; y porque su función consiste precisamente en fabricar consenso para la dominación. La desinformación se ha convertido en un negocio altamente rentable y en uno de los instrumentos más eficaces del imperialismo.
El imperialismo se moderniza y adapta sus mecanismos de dominación a las nuevas condiciones tecnológicas. Ya no solo controla los medios tradicionales de comunicación; ahora controla también los algoritmos que determinan el flujo de información en las plataformas digitales. Lo que en apariencia constituía un espacio de liberación de la palabra se ha convertido en un nuevo territorio de censura y control. Las plataformas digitales, propiedad de un puñado de corporaciones tecnológicas estadounidenses con estrechos vínculos con el complejo militar-industrial y los servicios de inteligencia, han diseñado algoritmos que invisibilizan sistemáticamente los contenidos alternativos, restringen la difusión de noticias que no se alinean con los intereses hegemónicos y penalizan a quienes difunden información que contradice las narrativas oficiales. Se acusa a los medios populares de «desinformación», se les desmonetiza, se les bloquea, se les reporta y, en última instancia, se les expulsa de las plataformas. Esta es la nueva censura: más sofisticada, más sutil, pero igual de efectiva que la censura directa de las dictaduras militares. Al mismo tiempo que se silencia a la prensa alternativa, se amplifica la desinformación que sirve al sistema. Las falsedades sobre los pueblos atacados por las grandes potencias se viralizan en cuestión de horas, mientras las verdades incómodas quedan sepultadas por el algoritmo, invisibles para las mayorías. Por esta razón, la lucha de los medios alternativos en la actualidad es también y necesariamente una lucha contra el algoritmo. Es una lucha por democratizar el espacio digital, por construir plataformas propias, por desarrollar tecnologías alternativas, por romper el cerco tecnológico que el imperialismo ha tendido sobre la comunicación popular.
En América Latina, esta ofensiva ha adquirido características particularmente agresivas. Los gobiernos sometidos a los dictados del imperialismo han desplegado campañas sistemáticas de desprestigio contra los medios populares, han restringido su acceso a fuentes oficiales, han promovido acciones judiciales en su contra y han alimentado un clima de hostilidad que pone en riesgo la integridad física de los comunicadores populares. La criminalización de la prensa alternativa es, en definitiva, la criminalización de la verdad misma.
En Ecuador, esta operación global encuentra una expresión particularmente nítida. El gobierno de Daniel Noboa ha adoptado como estrategia central la construcción deliberada de una narrativa de falso bienestar, articulada a través de un equipo de comunicación que reproduce constantemente etiquetas y consignas orientadas a fabricar consenso y desmovilizar al pueblo. El relato de la mentira, el miedo y la criminalización de la lucha social constituyen los ejes de esta estrategia, que se complementa con la persecución a los luchadores sociales, la proscripción de organizaciones políticas y el registro de organizaciones sociales como mecanismos de control y disciplinamiento. En los últimos días, con el propósito de deslegitimar el proceso de revocatoria del mandato, el gobierno ha desplegado una campaña comunicacional basada en la asociación de imágenes de paros indígenas y populares, la selección tendenciosa de hechos pasados y la omisión del contexto histórico y político, con el fin de presentar dicho proceso como un intento de desestabilización orquestado por una sola persona, ocultando así su carácter organizativo y constitucional. Con el control hegemónico de los grandes medios, estas narrativas se instalan en el sentido común de la sociedad, crean un clima de opinión favorable a la represión y desmovilizan a quienes podrían solidarizarse con las luchas populares. Sin embargo, a pesar de este cerco, los trabajadores y los pueblos luchan por sus derechos, y la resistencia alcanza victorias que son muy importantes en un mundo donde las fuerzas derechistas han ganado terreno.
En este contexto, la comunicación alternativa ha desempeñado un papel fundamental en la construcción de una narrativa independiente y comprometida con los intereses populares. Durante veinticinco años, Opción ha informado sobre la lucha indígena contra la minería ilegal y la contaminación de los ríos, sobre la resistencia de las comunidades amazónicas frente a la extracción petrolera, sobre la represión a los movimientos sociales y sindicales, sobre la entrega del territorio ecuatoriano al capital extranjero. La experiencia de Opción demuestra que la comunicación alternativa no solo es posible, sino necesaria en las condiciones de dominación mediática que imperan en el país. Demuestra también que la persecución y la criminalización no logran doblegar la voluntad de quienes asumen el compromiso de informar con verdad. Y demuestra, finalmente, que los pueblos tienen el derecho y la capacidad de construir sus propias herramientas comunicacionales para romper el cerco informativo y hacer oír su voz.
Frente a este panorama, la comunicación alternativa enfrenta desafíos que deben ser asumidos con claridad y decisión.
Es necesario fortalecer las organizaciones sociales como base material de la resistencia popular y como espacio desde el cual se articulan las luchas. Es imperativo multiplicar en calidad y cantidad los medios de comunicación alternativa, ampliando su alcance y su capacidad de incidencia en la sociedad. Se requiere desarrollar la colaboración y la acción unitaria de los medios alternativos y de izquierda del país y del mundo, construyendo redes que rompan el aislamiento y potencien la difusión de la verdad. Y, fundamentalmente, es necesario sostener el principio de que somos medios de comunicación que nos inscribimos en la corriente de cambio y revolucionaria, asumiendo nuestra responsabilidad en la construcción de la hegemonía de los pueblos.
La comunicación alternativa está llamada a desempeñar un rol central en los procesos de cambio estructural. No hay revolución sin comunicación revolucionaria, no hay pueblo libre sin información libre, no hay construcción del socialismo sin la batalla de las ideas ganada en el terreno comunicacional.
La batalla de las ideas es parte constitutiva e indispensable de la batalla por el mundo nuevo. El imperialismo ha comprendido que no puede dominar únicamente con tanques, misiles y sanciones económicas; necesita también dominar las mentes, construir consensos, fabricar enemigos, criminalizar a los pueblos que luchan y ocultar la verdad sobre sus crímenes. Pero los pueblos también han comprendido que necesitan sus propias voces, sus propias trincheras comunicacionales, sus propios medios de expresión y denuncia. Los medios alternativos son expresión orgánica de la lucha de los pueblos contra el sistema, son herramientas para construir el poder popular y son también instrumentos para forjar la conciencia revolucionaria de las nuevas generaciones.
La comunicación alternativa debe seguir siendo esa voz incómoda que el imperialismo no logra silenciar, esa trinchera que no se rinde, ese espacio de verdad que resiste el embate del poder. Porque no hay revolución sin comunicación revolucionaria. Porque no hay pueblo libre sin información veraz y comprometida. Porque la verdad, por más perseguida que sea, siempre termina abriéndose paso entre las mentiras del sistema.
La presencia del Periódico Opción en este seminario constituye un testimonio de la voluntad de los pueblos por construir su propia narrativa, por romper el cerco mediático imperialista y por avanzar, con la verdad como bandera, en la lucha por la liberación y el socialismo.
Opción, veinticinco años informando desde la voz de los pueblos
*Lizbeth Cumbal Columba , licenciada en historia, miembro del Consejo Editorial del Periódico Opción.
Ponencia presentada en nombre del Periódico Opción, en Seminario Internacional Problemas de la Revolución en América Latina con el tema: Imperialismo, guerra y la lucha de los pueblos, realizados días 30, 31 de julio y 1ro. De agosto de 2026, en la ciudad de Quito- Ecuador.

