“60/30 ni un día más” es un grito de auxilio de la docencia en Ecuador

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Por Isabel Vargas Torres

“60/30, ni un día más” Esta frase, convertida en un mantra dentro del magisterio ecuatoriano, refleja a la perfección la crisis actual. Evidencia la profunda ansiedad de miles de docentes que solo esperan cumplir los 60 años de edad y los 30 de aportes al IESS para alcanzar la jubilación y escapar de un sistema que los agota

En el contexto ecuatoriano, la crisis adquiere un matiz drástico. A la histórica precariedad se ha sumado un enemigo devastador: la violencia y la inseguridad. Hoy, el magisterio no solo batalla contra el acoso laboral, la falta de infraestructura, el crónico incumplimiento presupuestario, la erosión del prestigio social, la vulneración de normativas nacionales e internacionales —como la histórica Recomendación conjunta de la OIT y la UNESCO relativa a la Condición del Personal Docente—, sino también contra la extorsión, las vacunas y las amenazas de bandas delictivas. En múltiples regiones del país, enseñar se ha convertido en una actividad de alto riesgo.

La Unión Nacional de Educadores (UNE) ha lanzado una advertencia clara: sin políticas urgentes de protección estatal, incentivos económicos reales y un blindaje institucional en las escuelas, el sistema seguirá perdiendo su capital más valioso.

La profesión docente enfrenta un éxodo silencioso pero devastador. A nivel global, la brecha es gigantesca: según la UNESCO, se necesitan cerca de 50 millones de nuevos educadores para cubrir la demanda y garantizar un futuro sostenible. Las cifras confirman que la vocación ya no basta; el desgaste se evidencia en la deserción en la docencia primaria, que casi se duplicó en solo siete años, disparándose del 4,62% en 2015 al 9,06% en 2022, comprometiendo la equidad del aprendizaje de las futuras generaciones

El abandono docente no es un problema administrativo; es el síntoma de un colapso social. Proteger y dignificar a los educadores debe ser la prioridad absoluta de cualquier agenda de desarrollo. Salvar la educación del mañana exige, obligatoriamente, cuidar a quienes enseñan hoy.

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