La farsa del «Nuevo Ecuador»

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Por: Remo Cornejo Luque

‎Nuestro país atraviesa uno de sus momentos más sombríos, atrapado entre un gobierno que utiliza el autoritarismo como égida y una política económica que ha entregado la soberanía nacional al Fondo Monetario Internacional (FMI).

‎Daniel Noboa, quien logró capitalizar el sentimiento anticorreísta para llegar a Carondelet, ha demostrado en tiempo récord que el odio político no es un plan de gobierno y que su incapacidad para dirigir el Estado es tan profunda como su desprecio por las mayorías populares.

‎Hoy se gobierna con la mentira a flor de labio. Mientras el discurso oficial se desgasta en promesas de seguridad, la realidad en las calles nos devuelve una imagen sangrienta: la violencia no retrocede, solo se muta bajo estados de excepción y toques de queda, que se han vuelto la norma y no la excepción. La militarización, lejos de ser una solución estructural, se ha convertido en la herramienta de un régimen que no sabe articular una sola idea coherente para reactivar el aparato productivo.

‎Las cifras no mienten, aunque el Gobierno intente maquillarlas. El desempleo castiga a nuestra juventud, los despidos en el sector público continúan desmantelando los pocos servicios que quedan en pie, y áreas vitales como la salud y la educación languidecen en el abandono. No hay medicinas, no hay cupos para las universidades, pero sí hay dinero para cumplir puntualmente con los tenedores de la deuda externa.

‎El compromiso de Noboa no es con el pueblo ecuatoriano, sino con el FMI. El reciente desembolso, en abril, de casi USD 400 millones es el «premio» a la obediencia por haber subido el IVA al 15%, por elevar el precio de los combustibles y por preparar el terreno para el garrotazo final contra el pueblo y elevar el precio al gas doméstico. Es un modelo de hambre que se sostiene con el garrote.

‎A esto se suma una alarmante crisis de ética maquillada con propaganda. Los supuestos operativos contra la corrupción en instituciones como CNEL y el sector eléctrico no son más que un circo barato y puro show mediático. No olvidemos que Noboa, vía decreto, asumió la dirección directa de las empresas estatales; por lo tanto, resulta un insulto a la inteligencia que el presidente ordene «allanamientos» contra las instituciones que él mismo administra y dirige. Es el carcelero fingiendo que busca al ladrón en su propia celda.

‎De cara a las elecciones de noviembre de 2026, el panorama para el oficialismo es sombrío. Ante el irreversible desgaste de Daniel Noboa, es una ilusión creer que los candidatos de ADN lograrán captar el respaldo popular; por el contrario, la marca de este gobierno se ha vuelto un lastre. Hoy, colgarse de la imagen de un régimen que castiga al pueblo es un pésimo negocio para los calculadores y los ‘camisetazos’ que aspiran a una alcaldía o prefectura. Saben que en las urnas no tienen oportunidad, por ello su única carta es la trampa: mantienen a Diana Atamaint como operadora política en el CNE para perseguir a organizaciones como Unidad Popular, intentar proscribir la verdadera oposición y montar un fraude que tuerza la voluntad soberana. Pero se equivocan: el descontento en los campos y ciudades es un fuego que ningún fraude podrá apagar.

‎¡La altivez del pueblo se impondrá sobre el autoritarismo!

‎¡Hay que rechazar el gobierno de ADN en las calles y en las urnas!

‎¡Revocatoria YA, FUERA NOBOA, ¡FUERA!

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