Por francisco Garzón Valarezo
Hay que reconocer que el gobierno arremete una lucha sin cuartel contra la corrupción, pero hay que decir también que es una lucha contra la corrupción de los otros, una lucha en la que los enemigos están escogidos con mucho cuidado.
En su inocente candor, —también hay que reconocerlo—, anuncian que sus afanes no son políticos. Lo dicen de buena fe porque han demostrado que su ignorancia no tiene frenos. Algunos retrasados ubicados en altos cargos pueden rivalizar su potencia intelectual con la de una mula.
El caso la lista de alcaldes presos responde a un conflicto de bandas. El país lo tiene claro porque esta lucha no se da entre buenos y malos que al fin y al cabo caminan en la misma senda del hampa, sino que se aplica a quienes no se alinean con la voluntad criminal de sus acosadores.
Políticos embarrados hasta las orejas en el albañal de la delincuencia pagan su insolencia al no someterse las órdenes del capo.
La suspensión temporal del movimiento político AMIGO es la evidencia suprema de esta comedia. Un lacayo comparable en su sumisión a un criado del servicio doméstico de una casa de ricos, toma la decisión de investigar a una organización política por un presunto lavado de activos, y de inmediato otro paniaguado ordena la suspensión del movimiento a la víspera del cumplimento del plazo para inscribir alianzas electorales en el CNE.
Esa es la oligarquía del Ecuador en toda su violencia y hediondez. No tiene una protección suficiente para tapar la vergüenza de atropellar a la sociedad, porque no se trata de la agresión a un partido o a un candidato, se trata de una agresión al país entero.
Pero hay que recordarles a los promotores de la violencia política que esta es un animal incontrolable que termina atacando a sus propios creadores.
