En Marcha
Daniel Noboa, entre el 16 y el 23 de agosto de 2026, visitó China apenas semanas después de cultivar una relación de subordinación casi ceremonial con Washington. El mismo gobierno que mira hacia Estados Unidos para definir su política internacional tuvo que viajar a Beijing a hablar de inversiones, mercados, infraestructura, energía y cooperación. No hay aquí ningún giro progresista ni el descubrimiento tardío de la soberanía nacional. La explicación es más concreta: la economía ecuatoriana necesita de China y la realidad mundial es mucho más compleja que la política exterior de un gobierno autoritario, acostumbrado a confundir alineamiento con relaciones internacionales.
China no es para Ecuador un invitado circunstancial. Es uno de sus principales socios comerciales y el mayor destino de las exportaciones no petroleras. Entre 2015 y 2025, el comercio bilateral pasó de aproximadamente 4.100 a 17.330 millones de dólares, y en el primer semestre de 2026 creció otro 20 %. Camarón, banano y cacao dependen cada vez más de ese mercado. Por eso Noboa puede compartir fotografías, discursos y afinidades con Donald Trump, pero no puede gobernar contra la geografía económica del capitalismo: los flujos de comercio e inversión siguen una lógica que ningún gesto diplomático hacia Washington logra torcer.
La visita produjo acuerdos en energía, comercio, economía digital e industrias verdes. Beijing comprometió 42,7 millones de dólares de cooperación no reembolsable y abrió posibilidades en infraestructura, minería, inteligencia artificial, nuevas energías y financiamiento. La cifra, presentada por el Gobierno como un resultado significativo, también desnuda su limitada capacidad de gestión.
El viaje abrió espacios para sectores de la burguesía ecuatoriana antes restringidos en su relación con China: exportadores, importadores, intermediarios y grupos interesados en energía, minería, infraestructura y tecnología recuperaron una puerta de acceso al mercado y al capital chinos. Noboa actuó menos como representante de un proyecto de desarrollo del país que como administrador de los intereses de fracciones empresariales que buscan recomponer negocios y ampliar sus márgenes de acumulación.
En el marco de la visita, Xi Jinping reivindicó el derecho de América Latina a mantener su independencia y escoger libremente sus socios. El discurso no fue casual: se pronunció ante uno de los gobiernos latinoamericanos más alineados con Washington, que escuchaba a Beijing defender la autonomía regional frente a las presiones externas. Estados Unidos conserva un enorme poder económico, militar y político, pero ya no puede ordenar por sí solo el mercado mundial. China disputa espacios comerciales, tecnológicos y financieros; otras potencias emergen y las contradicciones entre los grandes centros de poder se profundizan.
Noboa no viajó a China con un programa soberano de industrialización, transferencia tecnológica y desarrollo nacional. Fue a buscar capitales y mercados para las clases dominantes de un país con una economía primario-exportadora cuya estructura dependiente permanece intacta. Cambian los compradores y aparecen nuevos inversionistas, pero el camarón sigue siendo camarón y el cobre sigue saliendo de nuestras montañas. Incluso la reapertura de oportunidades para grupos empresariales antes desplazados ocurre dentro de la misma matriz de ganancias privadas y dependencia externa. La disputa entre potencias no transforma por sí misma la posición de Ecuador en la división internacional del trabajo. Sin un proyecto soberano conducido por los trabajadores y los pueblos, apenas ofrece nuevos socios para seguir en el mismo lugar de siempre: un país dependiente, proveedor de materias primas y subordinado a los intereses del capital.

