La voluntad de los pueblos frente al espejismo neoliberal

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Por Alonso Cueva *

La historia contemporánea de América Latina se debate constantemente entre dos fuerzas antagónicas: la sumisión a los dictados de las élites transnacionales y la insurgencia democrática de las mayorías. En este escenario, la reciente reválida democrática de Luiz Inácio Lula da Silva en las urnas de Brasil no debe leerse meramente como un acontecimiento electoral aislado. Es, fundamentalmente, una de las demostraciones más contundentes de conciencia de clase en la historia reciente de nuestra región; un hito político donde el pueblo brasileño refrendó con firmeza un modelo de inclusión y soberanía, impidiendo que la nación cambiara de rumbo hacia el abismo de la desprotección social.

Este triunfo popular en el gigante sudamericano adquiere su verdadero valor analítico cuando se lo contrasta con la «otra cara de la moneda»: el devastador panorama que los modelos neoliberales han sembrado en el resto del continente. Países como Ecuador y otras naciones hermanas se han convertido en los laboratorios de recetas de austeridad impuestas por organismos multilaterales. Las consecuencias de estos experimentos están a la vista de todos: el desmantelamiento progresivo del Estado, la precarización laboral y un incremento alarmante de la pobreza y la inseguridad. Estos modelos han demostrado una absoluta incapacidad para resolver los problemas estructurales y satisfacer las necesidades básicas de la población, evidenciando que el neoliberalismo no es solo un modelo financiero, sino una estrategia política diseñada para neutralizar la soberanía popular y privatizar los derechos fundamentales.

Por ello, la ratificación del proyecto progresista en Brasil trasciende sus fronteras. Representa una abierta y categórica derrota para la histórica injerencia norteamericana y sus operadores locales, que de manera sistemática pretenden tutelar la política de la región. A pesar de las sofisticadas maquinarias de desinformación, el cerco mediático y las presiones externas e internas para desestabilizar la gestión, la base social brasileña logró identificar con claridad sus intereses de clase. El voto popular no se dejó subordinar ni por el poder económico local ni por los dictámenes extranjeros; optó decididamente por la dignidad, la defensa de lo público y la continuidad de sus conquistas sociales.

La lección que nos deja este momento histórico resuena con fuerza en cada rincón de nuestra América. Cuando las mayorías adquieren verdadera conciencia de su realidad y de su poder político, las estructuras de opresión y los planes de dominación extranjera flaquean.

Frente a la receta de la resignación que intentan imponer los defensores del libre mercado en países que sufren el colapso institucional y económico, la resistencia popular reafirma con fuerza una tesis ineludible: los pueblos son los únicos y legítimos dueños de su propio destino. La soberanía reside en las manos de quienes construyen la riqueza del continente día a día, consolidando la premisa de que el destino de una nación no se decide en los escritorios de Washington, sino que lo escribe su propia gente

*Analista político / Zamora Chinchipe

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