Por Remo Cornejo Luque
El imaginario latinoamericano guarda un personaje caricaturesco, pero trágicamente real: Doña Florinda. Aquella habitante de la vecindad que, compartiendo el mismo suelo de miseria, los mismos techos agrietados y las mismas carencias que Don Ramón o el Chavo, se autopercibía de una «clase superior». Desde su soberbia llamaba «chusma» a sus iguales y aplaudía ciegamente al Señor Barriga, el dueño del capital, convencida de que su cercanía al opresor la liberaba de la opresión.
En la sociología política actual, este comportamiento se conoce como el «Síndrome de Doña Florinda», la preocupante alienación de sectores trabajadores y medios que defienden los privilegios de las élites mientras desprecian a su propia clase. Hoy, en el Ecuador del gobierno de Daniel Noboa, este síndrome sirve perfectamente para radiografiar el desencanto de un pueblo que empieza a despertar de una costosa ilusión colectiva.
Durante la última campaña electoral, el libreto de la derecha empresarial funcionó con precisión. Con tácticas de redes sociales, discursos de modernidad juvenil y la falsa promesa de un empleo muy anhelado, el grupo económico en el poder logró captar el voto de miles de trabajadores, campesinos, desempleados y jóvenes precarizados. Ocurrió entonces el fenómeno en el que millones de ecuatorianos desposeídos asumieron el rol de «Doña Florinda», defendiendo un proyecto político que, por su propia naturaleza de clase, jamás estuvo diseñado para beneficiarlos. Se satanizó la protesta social, se tildó de «vagos» a quienes exigían derechos laborales y se justificó el desmantelamiento de lo público bajo la premisa meritocrática de que el pobre es pobre porque quiere. El trabajador precarizado votó y defendió al patrón, esperando que las migajas del banano y el gran capital salpicaran su mesa.
Sin embargo, la vecindad no se sostiene de ilusiones y el libreto se rompe definitivamente cuando el bolsillo aprieta. El desencanto actual de los trabajadores y los pueblos del Ecuador frente al régimen de Noboa es la consecuencia directa de una cruda realidad que ya no se puede tapar con propaganda estatal ni videos de TikTok. El costo de la vida y el paquetazo silencioso, expresados en el incremento del IVA y del precio de los combustibles, golpearon directamente el estómago de la clase trabajadora, demostrando que los platos rotos de la crisis siempre los paga el pueblo y nunca las grandes corporaciones. A esto se suma una galopante crisis energética y el desempleo masivo, donde los apagones y la pésima gestión del sector eléctrico paralizaron los pequeños negocios, los talleres y los emprendimientos populares. Mientras los altos funcionarios del régimen se defienden de escándalos de contratación e inoperancia, los obreros pierden sus jornadas de trabajo y sus ingresos diarios en medio de una inseguridad asfixiante, donde los barrios populares siguen poniendo los muertos en una guerra que la retórica oficialista asegura estar ganando, mientras la salud y la educación pública agonizan por falta de presupuesto.
Frente a este escenario de abandono, la indignación popular crece y ha dejado de ser una queja. El engaño sistemático y las promesas incumplidas han dejado al descubierto la incapacidad absoluta y la mentira de un gobierno empresarial que legisla únicamente para la acumulación de la gran banca y los intereses de su propio círculo económico. Por esta razón, ante un presidente mentiroso e incapaz que gobierna de espaldas a las necesidades básicas de la población, la exigencia de una ¡REVOCATORIA DEL MANDATO YA! no es un simple murmullo, sino una acción política que camina con fuerza en las calles, plazas y organizaciones sociales.
A la par que se exige, desde el campo popular y de izquierda, la entrega de formularios ante el CNE para iniciar la recolección de firmas para la ¡Revocatoria YA!, los trabajadores y pueblos se preparan para repudiar en las urnas al gobierno y sus listas 7 de ADN en las próximas elecciones seccionales.
El desencanto que hoy se respira en el magisterio, en el agro, en los sindicatos y en las comunidades es la cura histórica al Síndrome de Doña Florinda. El Ecuador real, el de los trabajadores, los campesinos, los servidores públicos y los jóvenes sin universidad, ha comprendido por las malas que la falsa distinción de estatus se desvanece ante la urgencia de la supervivencia. Al Señor Barriga ya no se le recibe con sonrisas ni sumisión; se le exige que rinda cuentas y se le empuja con fuerza hacia la salida. Las fuerzas populares y de izquierda encaran hoy el desafío de canalizar colectivamente este descontento, articulando de manera combativa la resistencia en las calles contra el neoliberalismo y la sumisión al FMI con la derrota electoral de la derecha el 29 de noviembre, para enterrar el complejo de Doña Florinda y construir, desde abajo y con dignidad, el poder popular que el país necesita.
