Por Lizbeth Cumbal Columba
Hay eventos a los que una llega para escuchar la historia de alguien y de los que termina saliendo con la sensación de haberlo conocido. Eso me ocurrió el 10 de septiembre durante el homenaje al PhD. Fernando Ortiz Crespo, realizado en el auditorio de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. La madera, la iluminación cálida y la cercanía del escenario crearon un ambiente íntimo que parecía combinar con cada palabra y cada recuerdo.
El evento se realizó al cumplirse 25 años de su fallecimiento y con motivo de la presentación del libro «Sembrador de futuro. Recuerdo coral de Fernando Ortiz Crespo» escrito por su hermano Gonzalo Ortiz Crespo.
La parte más linda de la jornada fue la mesa redonda. Los científicos Washington Benítez y Oswaldo Báez, junto a quienes fueron sus estudiantes y ahora también son investigadores Juan Manuel Carrión y Luis Suárez, no hablaron solamente de sus títulos y publicaciones, sino del ser humano que conocieron.
Washington Benítez recordó la curiosidad que distinguió a Fernando desde muy joven y que lo convirtió en un investigador nato. Su pasión por la naturaleza y su preservación lo llevó a estudiar en la Universidad de California, Berkeley, para después regresar al Ecuador y poner sus conocimientos al servicio de la ciencia. Oswaldo Báez, por su parte, recorrió su vida académica y recordó los años que dedicó al estudio de los colibríes. En sus palabras se sentía la admiración hacia un colega que no solo investigó a estas aves, sino que enseñó a varias generaciones a mirarlas con asombro.
Luis Suárez destacó su profundo compromiso con la preservación de la naturaleza, siempre por encima de cualquier interés económico. También recordó su generosidad para compartir conocimientos y su lado humano y familiar. Fernando demostró que la ciencia también puede estar llena de sensibilidad y afecto.
Juan Manuel Carrión habló de la inspiración que Fernando dejó en sus estudiantes. Su testimonio permitió comprender que un verdadero maestro continúa enseñando incluso después de su partida.
Mientras ellos hablaban, Gonzalo Ortiz Crespo escuchaba como autor, pero sobre todo como hermano y cómplice de vida. En cada una de sus expresiones podía sentirse el amor hacia Fernando. Fue como si cada historia le permitiera volver a encontrarlo. Entonces comprendí que este libro no es solamente una biografía, sino también un acto de amor de un hermano que reunió distintas voces para mantener viva su memoria.
Uno de los momentos más emotivos llegó con las palabras de su hijo, Luis Fernando Ortiz Vintimilla, quien recordó que, desde muy pequeño en medio de sustos y aventuras, su padre le enseñó a amar la ciencia y lo reconoció como la persona que más admira en el mundo. En ese instante, el gran científico volvió a ser simplemente un padre profundamente amado.
Este homenaje realmente me marcó. Salí de aquel auditorio sintiendo que Fernando Ortiz Crespo continúa presente en sus estudiantes, en sus investigaciones, en los espacios naturales que defendió y en quienes aprendieron de él a mirar la naturaleza con otros ojos. Sin duda, fue un “ser sobrenatural”, un verdadero sembrador de futuro.

