Cárceles de Ecuador, terror y degradación humana

Periódico Opción
4 Minutos de lectura

Por Esteban Lindao

La historia de la represión carcelaria en el Ecuador no se redacta solo en los fríos expedientes judiciales, sino también sobre los cuerpos de quienes han decidido confrontar este sistema de opresión. Lo que hoy ocurre en la llamada «Cárcel del Encuentro» en Santa Elena no es un error de gestión ni una falla del sistema: es el laboratorio de tortura diseñado para quebrar la condición humana.

Esta supuesta «guerra» contra la inseguridad no es más que el telón de fondo para un show político diseñado con precisión quirúrgica. Mientras el gobierno de Noboa nos impone impuestos que asfixian a la clase trabajadora y profundizan la miseria, utiliza el discurso securitista para justificar la suspensión de derechos y la militarización del país. No es casualidad: es la vieja receta del neoliberalismo, arrodillado ante los intereses intervencionistas de Washington, que alineado con la administración Trump, buscando disciplinar a una población empobrecida que cada día encuentra menos razones para aceptar este estado de cosas.

Omar Campoverde, militante del Movimiento Guevarista Tierra y Libertad, ha roto el silencio institucional desde el infierno de la «Cárcel del Encuentro». Su denuncia de tortura, privación de alimentos y abuso sexual por parte de agentes del Estado no es un caso aislado. Es la brutalidad del sistema aplicada contra quien se atreve a organizar la resistencia. Pero no nos equivoquemos: el Estado utiliza la misma mano de hierro contra los militantes políticos que contra la población carcelaria en general. En este laboratorio de muerte, donde la tuberculosis y el hambre son armas de control, el sistema demuestra que su única forma de «orden» es la aniquilación de la dignidad humana.

La farsa es total: mientras se encierra a los luchadores sociales y se condena a miles a condiciones infrahumanas, los verdaderos responsables del saqueo nacional pasean libres, protegidos por el mismo aparato judicial que hoy apela sentencias para mantener a luchadores sociales tras las rejas.

Entender la gravedad de este momento es vital. La defensa de los derechos humanos no es un debate sobre quién es «culpable» o «inocente» bajo leyes hechas por y para los explotadores; es la defensa de nuestra propia humanidad frente a un Estado que ha decidido que la única civilización posible es el terror. Si permitimos que el gobierno de Noboa normalice la tortura hoy, mañana no habrá límite para la represión contra cualquiera que levante la voz.

La organización popular es el único contrapeso real ante este despliegue de fuerza estatal. No estamos aquí para pedir clemencia a un verdugo que disfruta del dolor ajeno. Estamos aquí para denunciar que este modelo, que necesita de cárceles llenas y pueblos sumisos para sostener sus privilegios, no tiene futuro. La lucha por la integridad de Omar Campoverde y de cada preso que sufre la saña de este gobierno, es la lucha por recuperar nuestra capacidad de decidir nuestro destino.

La pregunta siempre será la misma, ¿para quién, es la cárcel? Si los ricos nunca entran y los pobres nunca salen.

Comparte este artículo
No hay comentarios