Redacción Cultura
Este 28 de marzo se cumplió 84 años del asesinato del camarada Miguel Hernández en una cárcel franquista a causa de una tuberculosis no tratada. Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (España) y falleció el 28 de marzo de 1942. Es uno de los poetas de referencia de la Generación del 27.
A pesar de que la llama de su corazón fuera apagada de manera implacable y su poesía revolucionaria, prohibida durante la dictadura, se convirtió en la antorcha de una joven generación antifascista que reivindicó su figura y le leía en clandestinidad.
Por más que haya sido su figura homenajeada por parte de la burguesía de “izquierdas” en las últimas décadas, en los currículums escolares se le extirpa toda su vida revolucionaria que, aunque breve, fue más consistente y consecuente que la de otros muchos autodenominados marxistas.
Miguel se unió al PCE durante la primavera de 1936, tras haber ganado el Frente Popular las elecciones y durante el auge de actos terroristas cometidos por Falange. Con el inicio de la Guerra Civil, aunque su mayor deseo era estar en el frente plantando cara al fascismo internacional, no dejó atrás su labor como escritor. Publicó diversos poemas por separado que instaban a las clases trabajadoras a luchar por su emancipación contra el yugo fascista. En esta época publica sus poemarios “Vientos del pueblo” y “El hombre acecha”, ambas de gran valor literario, al igual que sus libros teatrales “El labrador de más aire” y “Teatro de guerra”. Con el final de la guerra y la consecuente persecución de la “Antiespaña”, Miguel vivió los siguientes años con ese mismo yugo de bueyes, que denunció en su poema “Viento del pueblo”, sobre su cuello. Tras un intento de exilio y varios encarcelamientos, fue asesinado en la cárcel en 1942, con apenas 31 años.
Para la libertad
Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
Vientos del pueblo me llevan
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
Fuente Zendalibros / periódico Octubre
